20/8/10

maquinahamlet


Sobre la impresión que aún provoca el teatro de Heiner Müller dice Juan Villoro que “la primera manifestación de lo nuevo siempre es el horror”. Y efectivamente, el autor alemán sigue pareciendo nuevo a nuestras apreciaciones estéticas en tanto no logramos encontrar la forma de aprehender el “horror” de sus formas. Tal vez sea el propio Müller quien mejor defina este sentido de oposición corrosiva que causan sus obras: “estoy firmemente convencido de que el fin de la dramaturgia es ofrecer resistencia al teatro; sólo cuando un texto no se puede representar, supuesta la constitución actual del teatro, es productivo o interesante para el teatro”. Por ello el carácter elusivo de sus textos, reacios a establecer una consecuencia argumental, una construcción psicológica de personaje, o siquiera un espacio y un tiempo aprehensibles para el receptor. No hay mejor manera de entrar en su teatro que leer la primera pagina de este libro: “Yo fui Hamlet…”: todo ha terminado, la acción está pulverizada y el personaje ya no lo es más. Lo fue en algún momento, pero ahora ya no tiene importancia. Incluso sus palabras se las ha llevado el viento, o la marea que sólo deja su "blablabla" mientras nos muestra, a  sus espaldas, las ruinas de Europa.


En el alejamiento radical de las formas convencionales del teatro, Müller desarrolla, con notoria sutileza, diversos experimentos textuales que van desde las formas aforísticas sin hilación narrativa (La batalla) hasta guiones para pantomima, ejercicios de metateatro (Descripción de un cuadro); y poemas en prosa. Áridos todos ellos, pero no por esa razón iguales en su forma, en lo que sí podemos encontrar una constante es en la disolución del personaje que de sujeto de la acción se convierte paulatinamente en portador de discurso. “No creo que una historia que tenga pies y cabeza pueda hoy en día hacer justicia a la realidad”, manifiesta Müller en alguna de sus declaraciones fragmentarias; cada una de sus palabras es una reflexión atomizada, un dardo envenenado que pretende movilizar la paradoja de todo pensamiento.
Cabe preguntarse si alguna vez fue diferente, o más bien, cuál fue el momento en que este alumno dilecto de Brecht dio la vuelta a las estructuras del drama y se convirtió en el principal exponente del discurso postdramático. Tal vez cuando descubrió la vejez de las obras del maestro, que envejecía aún más mientras más se le veneraba: por ello afirma que a Brecht no se le puede rendir homenaje sin criticarlo, sin oponérsele. Enemigo del realismo, Müller plantea que “el teatro es una realidad en sí mismo y no puede duplicar, reflejar o copiar la realidad del público”. Tal vez por ello opine que quien concede para evitar la colisión con el público es alguien que merece ser condenado a muerte por aplausos.
Pero veamos esta pieza emblemática: MáquinaHamlet, poema dramatico favorito entre los favoritos de la cultura post; un repaso de la devastación de las formas y del tránsito a una libertad que no puede sino engullirse a sí misma. En esta obra Müller recurre al personaje por antonomasia: Hamlet, para detonar su única posibilidad de acción dramatica: la negación. Estamos ante un No Hamlet, o un post Hamlet. ¿Pero quién ha sido Hamlet para la cultura occidental? El germen de la parálisis, de la reacción tardía ante la destrucción de las cosas; el portador del miedo y la prudencia fatal. ¿A dónde puede desembocar entonces una máquina Hamlet? A la mecanización del horror, al fastidio del héroe que ha renunciado de una vez y para siempre a salvar al mundo. Pero no es ésta la única premisa: si de entrada hay una renuncia a la convención tradicional, hay también el ajuste de cuentas con el teatro épico, cuando se ironiza con el despojamiento del personaje y de la escenografía para afirmar que tampoco eso nos hará conscientes de la otra realidad, como pregonara Brecht en su momento. ¿De qué se trata entonces? En sus propias palabras, de “destruir todas las circunstancias existentes en las que el hombre, el intérprete de Hamlet, se pone el vestuario y el maquillaje”, no hay que destruir, entonces a Hamlet, sino a las circunstancias que lo rodean.
Treinta años han pasado, por lo menos, desde que esta obra se representó por primera vez, y aún sigue siendo un bocado difícil de digerir. Para hablar de las particular forma de atacar el texto vale la pena recordar el proceso seguido por Bob Wilson para su muy peculiar versión escénica a principios de los Ochenta. Cuenta el director texano que durante varios días leyó el texto con los actores, acompañado por un dramaturgista alemán; lo discutieron, lo desmenuzaron en cada uno de sus versos, y luego lo olvidaron. El director pidió a todos no tomar en cuenta el texto durante la siguiente etapa del trabajo. Así, durante las siguientes semanas el director creó una partitura escénica que, inicialmente, se montó a manera de coreografía sin texto. Incluso se representó en forma privada sin agregarse nunca las palabras. Finalmente, cuando la puesta en escena adquirió consistencia los versos se asignaron “arbitrariamente” a los distintos actores de tal forma que más que ilustrar, se estableció un juego de oposición entre texto e imagen. Según nos narra el propio Wilson, el hecho de que la primera frase de la obra: “Yo fui Hamlet” se pronunciara media hora después de iniciada la puesta en escena, creaba un impacto muy significativo, aunque no faltó quien comentara que en realidad texto e imagen constituían dos obras distintas.
Muestra de otro mundo, el teatro de Müller nos enseña el radicalismo extremo que nunca conoceremos como experiencia vital, no intelectual, no esteticista, sino pura y absolutamente pasional.
Parece mentira que sea ésta apenas la segunda edición de esta obra  en nuestro país: la primera a cargo de Anónimo drama con un tiraje de 200 ejemplares hace unos cuatro años. Aparte de ésta –y Cuarteto, editada en otra colección inconseguible, la aparición de Müller no sólo ha sido intermitente en los escenarios, sino aún más en las imprentas.
Por ello no puedo sino admirarme por la delicadeza y el entusiasmo con el que Claudia Cabrera, en la traducción, Roxana Ruiz y Diego Alvarez, en el diseño, y la Cifra Editorial en la producción, se han embarcado en esta heróica aventura. Es hermoso el diálogo que la propia publicación establece con el texto de Müller –que quizás algunos catalogarían de determinista al subrayar sólo ciertas frases-; en mi opinión constituye una lectura editorial válida que acrecienta su valor objetual, pero ya veremos lo que el resto de los lectores opina.


Sólo resta citar y callar, porque como dice el poeta, este “drama nunca sucedió, el libreto se perdió. Los actores colgaron sus rostros en el clavo del camerino, el apuntador se pudre en su caja, los disecados cadáveres de la peste no mueven ni una mano, sentados en la sala del teatro. Voy a casa. Mato el tiempo”.

Müller, Heiner, Maquinahamlet, México, La Cifra Editorial, 2008