9/9/10

El rumor del incendio (testimonios sobre la guerrilla en México)


Tenía trece años cuando, como todas las tardes en el trayecto a la panadería, me paré frente al puesto de periódicos a leer los titulares del día. Todavía recuerdo la foto de un joven no mayor a 30 años que había muerto en un tiroteo con la policía. Se informaba que era el líder de la banda comunista y criminal más peligrosa del país: la Liga 23 de septiembre. Y recuerdo un apellido: Sarmiento.
     Recuerdo sobre todo la curiosidad que durante mucho tiempo me produjeron la noticia y la foto. El periódico decía que se trataba de un delincuente, pero hasta yo, que cursaba primero de secundaria, alcanzaba a entender que había algo más en esa noticia; no se trataba de un simple caso policiaco. El joven de pelo oscuro y mirada franca había asaltado bancos y ese día en particular había sido abatido mientras intentaba secuestrar a la hermana del presidente López Portillo. Un acto muy grave, sin duda. Pero a pesar de los intentos periodísticos por condenar al peligroso activista, se percibía en sus crímenes un aire de reivindicación, un gesto que trascendía la fechoría; era una provocación abierta al poder del Estado, un auténtico acto de rebeldía. Todo un tema para un adolescente a la búsqueda de su propio pensamiento.
     Todas las noticias que hasta los 15 años leí sobre la Liga y otras bandas guerrilleras centraban su atención en los actos “delictivos” y de “provocación”; no recuerdo haber leído nunca sobre sus pliegos petitorios, si es que los había. Para las mesas de redacción y los editorialistas se trataba de comunistas, adjetivo suficiente para el anatema y la descalificación.
     Precisamente a los 15 conocí por primera vez a un militante de la Liga (en realidad ha sido el único). Se llamaba Fabián y tendría entre 25 y 30 años. Al momento de conocerlo él trabajaba como asistente personal y chofer de Gilberto Rincón Gallardo, por entonces miembro del Comité Central del Partido Comunista Mexicano, y padre de mi mejor amigo. Como yo solía pasar muchos días en su casa, durante cerca de un año conviví cotidianamente con Fabián. Había llegado de Veracruz haría diez años y había establecido contacto con algún miembro de la “orga”, así que pronto comenzó a realizar algunas tareas no demasiado relevantes como mensajero o vigía de la Liga. Su militancia activa fue corta al ser detenido por robo en 74 ó 75. Pasó algunos años en el reclusorio (¿o fue en Lecumberri?), donde, según nos contaba, los presos politicos eran torturados de todas las maneras, ya sea lanzándolos a estanques de estiércol con las manos esposadas a la espalda, o repitiéndoles la misma sonsa canción durante horas. Allí perdió sus dientes del frente, y allí conoció a Rincón Gallardo, así que al salir libre en una de las primeras amnistías del gobierno, buscó al político para que le diera trabajo. A decir verdad no recuerdo a Fabián como un joven con formación ideológica, no parecía demasiado interesado en la militancia y al menos durante el tiempo que compartimos conocí más de su interés por conseguir novia que por intervenir en la coyuntura política (se acababa de aprobar la reforma política que por primera vez legalizaba al PC). Lo que más disfrutaba era jugar con nosotros a las cartas y al beisbol. Fabián me dio las primeras lecciones de manejo y siempre me pareció alguien que quería volver a la infancia y comenzar de nuevo. No sé cuándo dejé de verlo.
     Como muchos ceceacheros de mis tiempos me afilié al PC cuando prácticamente estaba desapareciendo. Su legalización constituyó su fin. La lectura era que se había logrado el objetivo de reconocer la pluralidad politica y la tolerancia y se abría el camino a la competencia electoral, tal como lo hacían los eurocomunistas. Con esa intención, la dirigencia apostó por crear frentes más amplios renunciando a su radicalidad. El Partido cambió de nombre, borró de sus estatutos la idea de la transformación violenta de la sociedad, con lo que muchos estuvimos relativamente de acuerdo, aunque los más jóvenes nos quedamos con la sensación de que nos había faltado experimentar la fase de “aceleración de las transformaciones sociales”.
     La Liga sí que seguía en la clandestinidad al empezar los 80’s, pero ya estaba en los últimos estertores. Entre el exterminio y la renuncia, la Orga se fue quedando sin militantes, hasta ser oficialmente liquidada en 1983. Para mi generación vendría entonces la Perestroika, el Glasnot y la caída del Muro. Una sacudida infame para quien descubre la mentira ideológica en la que ha vivido, pero que no acepta la otra mentira a la que está ingresando.
     También tuvimos nuestros triunfos generacionales, hay que decirlo, triunfos mayormente morales, como los de la sociedad civil organizada en el temblor de 85, o la que provocó la caída del sistema en el 88. Pero si algo quedó claro es que mi generación se quedó desarmada para las transformaciones heroicas y acaso nos convertimos en defensores de la corrección política que estaba por imponerse en los 90’s. Para decirlo en términos más gráficos; la caída del Muro mostró un espejo en el que la izquierda se veía como derecha, y viceversa.
     La guerrilla quedó atrás y durante años se convirtió en asunto de interés marginal, hasta la irrupción de los Zapatistas en 94. Pero esa es otra historia y por el momento prefiero retomar otro recuerdo de esos días, aunque éste pertenezca a Katia, mi mujer (perdonen, compañeros, que no le diga compañera). Estábamos un domingo leyendo la revista Proceso cuando, al ver las fotos de un reportaje sobre antiguos militantes de la Liga, Katia tuvo su momento de anagnórisis: “¡son mis tios!”, exclamó mientras me señalaba a algunos de esos jóvenes que aparecían viajando al Popo para entrenarse en tácticas guerrilleras. Incluso afirmó que tenía fotos de esas excursiones en las que sus “tíos”, como ella les decía, aparecían con su papá cargando mochilas de excursionismo. El asunto destapó otras historias hasta desembocar, por supuesto, en la de la muerte sorpresiva de su padre en 1981.
     Maestro de profesión y dirigente del Movimiento Revolucionario del Magisterio, Ángel Lozano viajaba por todo el país para sostener juntas políticas con variados personajes y organizaciones de izquierda. Al parecer sería un enlace con algunos grupos clandestinos y activistas sociales; incluso se habló de que él mismo podría estar involucrado en acciones subversivas. Lo cierto es que nunca se aclaró del todo su accidente automovilístico, ocurrido en el estado de Chiapas en tiempos en que, según algunos historiadores, comenzó le incursión a la selva de numerosos militantes de las Fuerzas de Liberación Nacional (FLN) quienes más tarde fundarían el Ejército Zapatista. Un último dato para cerrar esta anécdota: en la agenda que se recuperó después de su muerte aparece confirmada una cita con Teresa Gil, mi madre periodista, quien por ese entonces escribía para la revista Interviú. Esto no significa nada, por supuesto, pero establece para nosotros un nexo emocional con la militancia política más radical.
     Tal vez sea sólo eso lo que nos une a la guerrilla, porque nosotros estamos incapacitados para la lucha armada, nos hemos aburguesado y sólo extraemos el sentido romántico de esta historia.
Precisamente han sido el romanticismo y la frustración de quedarme con los brazos cruzados los sentimientos que me llevaron a buscar en viejos periódicos y en internet los datos necesarios para algún día escribir un guión de cine o una obra teatral. De hecho ya encontré mi historia, pero también encontré otras cosas. Una de ellas, la foto del periódico que vi a los trece años: antes de saber quién era lo reconocí, lo tenía auténticamente grabado en la memoria. David Jiménez Sarmiento, líder de la Liga entre 1974 y 76. Como él, otros cientos de jóvenes con estudios e ideas audaces y radicales cayeron víctimas de una guerra muy triste; profundamente triste porque no hubo ni habrá justica, y porque no hubo ni habrá victoria.
     Hace poco leí en el blog de Adela Cedillo (http://guerrasuciamexicana.blogspot.com) que la gran tragedia de la guerrilla en México no fue su derrota militar, sino su aplastamiento informativo. Eso no es culpa de los medios, sino de la derrota. También Hidalgo, Morelos y Madero fueron ignorados o vapuleados por la prensa hasta que su movimiento triunfó y por eso hoy celebramos su rebeldía hasta el hartazgo.
     Pero qué triste es el destino del rebelde que no triunfa. Su lucha no ha sido menos justa, pero no les alcanzó para cambiar la perspectiva informativa ni, mucho menos, para convertirla en una historia de todos. La guerrilla en México –como la de los cristeros–, es la historia de unos cuantos que quisieron hablar por todos, pero a diferencia de aquellos, la guerrilla comunista no tuvo su periodo de reconciliación y justicia, ni ha sido auténticamente asimilada por el imaginario nacional.
     Ahora son otras las guerras que este país enfrenta, pero el error de no cerrar las viejas heridas es el que nos tiene atomizados y sin verdaderos deseos de que el Estado triunfe, incluso aunque en este caso fuese él quien tuviera la razón.

Testimonio para el proyecto La Rebeldía, de Lagartijas tiradas al sol, de donde se desprende la obra El rumor del incendio, actualmente en cartelera en el teatro Juan Ruiz de Alarcón de la UNAM.