20/4/11

Sabina Berman y la realidad esférica


El gran público conoció a Sabina Berman por Entre villa y una mujer desnuda (1993), obra que simboliza cabalmente al teatro mexicano de los Noventa: tiene el desenfado de Sexo, pudor y lágrimas, el jugueteo historicista de Bajo tierra, el espíritu crítico de Los Ejecutivos y la reivindicación de género de Plagio de palabras. Independientemente de lo anterior, esta obra fue la encargada de poner la puntilla a una costumbre endogámica en la que el mal llamado teatro de arte se había refugiado durante décadas de proteccionismo estatal. Si algo tiene Entre Villa… es que no está hecha para la gente de teatro y ni siquiera para el público de teatro; es una obra que dialoga con la polis en su acepción más amplia.
     ¿Qué cualidad tiene el teatro de Sabina Berman para convertirse en tema de discusiones sociales? Tal vez el argumento nos lo ofrezca ella misma en su ponencia Ser y no ser es la respuesta(1), donde habla de su experiencia con esta obra. Según cuenta, mientras en aquella época la temporada de Entre Villa… triunfaba por su burla descarnada al símbolo del machismo nacional, ella viajó a un congreso en el que un investigador norteamericano habló de la obra desde la perspectiva del co-protagonista masculino, una interpretación que a la autora le pareció literalmente fumada, pero que con el paso de los días tuvo que asumir como “posible”. Al regresar a México y asistir a una de sus funciones decidió interrogar a uno de los veladores del teatro, quien no faltaba a ninguna representación en su horario de servicio. Sabina le invitó una cerveza, pidiéndole que le contara la obra. “Pues usted la escribió, ¿qué le voy a contar?”, dijo el velador, atemorizado, pero ante la insistencia respondió que se trataba de un héroe que miraba “cómo el mundo se había echado a perder”. Desde la óptica del velador, “Villa miraba cómo su émulo Adrián no daba el ancho para ser macho y se quedaba en machín hablador y confundido; y Gina era lo típico: una hembra insatisfecha con los machines y quejosa hasta decir basta”. Lo que demuestra esta lectura es que la obra también puede verse como la tragicomedia del macho. O planteado a la manera de Sabina Berman, demuestra que “la realidad es esférica y puede mirarse de distintos ángulos”. Por esa razón la propia Sabina concluye que su ideal de escritura es lograr “un círculo que pueda alejarse rodando… Escribo y reescribo. Y reescribo. Y reescribo. Buscando esa obra ligera y redonda. Que se vaya rodando hacia los otros”.
     Más allá de discursos, yo veo en las obras de Sabina Berman tres ingredientes que las acercan a los más diversos públicos: historias inteligentes, pero no intelectuales; estructuras complejas, pero siempre lógicas; y personajes consistentes, pero vivos e impredecibles a la vez. Esto se aprecia desde su primera etapa como dramaturga, que comienza con Yankee (1979) y concluye con Muerte súbita (1988). Como bien identifica George Woodyard(2), entre ambas obras hay una correlación argumental centrada en la figura del escritor que reescribe con enfermiza obsesión (No es ningún secreto que la propia Sabina reescribe aún después de estrenadas sus obras, algunas de las cuales cambian hasta de nombre, lo que constituye un dolor de cabeza para el registro documental). Pues bien, ese afán por reescribir nos hace vislumbrar un periodo de formación sobre la escena misma, una especie de ensayo continuo que le permitirá encontrar el lenguaje y el interlocutor deseado. Durante una década el teatro de Sabina Berman se fue decantando hasta ubicar un universo conceptual y una técnica de comunicación precisa, pero sobre todo, hasta construir una base de público. De ese periodo son también las obras El suplicio del placer, Herejía y La maravillosa historia del Chiquito Pingüica, entre otras.
     La del Noventa es, para el teatro mexicano, la década de Sabina Berman. Como apunto en mi Cronología del siglo XX(3): “en un contexto de reformulación de las políticas culturales del Estado, nadie como Sabina Berman logró conciliar el rigor artístico con la producción de espectáculos de gran éxito económico. Obras como Moliére, Feliz nuevo siglo doctor Freud y la ya citada Entre Villa y una mujer desnuda marcaron la pauta de un teatro finisecular que, ante el adelgazamiento de los apoyos gubernamentales, intentó reestablecer los vínculos entre el teatro y su público”.
     En menos de una década Sabina logró lo que apenas un puñado de artistas teatrales ha conseguido en México: convertirse en líder de opinión. Si a través de sus obras estaba ayudando a delinear la agenda nacional del fin de siglo (con Krisis, las historias ocultas del poder; con Moliere, la relación del arte con la política, y con Feliz nuevo siglo…, el discurso de género y la dominación sexual), muy pronto ella misma comenzó a ser requerida como voz activa de la sociedad civil. El éxito teatral viene acompañado, entonces, de un activismo mediático que le hará trascender la escena teatral para instalarse definitivamente en la escena política y cultural. En esa cresta de la ola realizó la versión fílmica de Entre Villa (en la que –llama la atención–, reprodujo por momentos el mismo trazo escénico del montaje teatral), así como diversos proyectos televisivos, particularmente aquel titulado Mujeres y poder, en donde hace reflexionar a algunas de las mujeres más destacadas del México contemporáneo. También la faceta de productora y directora de escena alcanza entonces su punto culminante con el estreno de Extras, versión a Stones in his Pockets de Marie Jones que pisará numerosos escenarios del país a principios del nuevo siglo.
     Sin embargo, en el punto más alto de prestigio teatral Sabina Berman abandona literalmente el teatro para inmiscuirse en otras tareas. En los últimos diez años ha encabezado los más disímbolos proyectos: desde la publicación con Lucina Jiménez de un alegato titulado Democracia cultural hasta la conducción de un programa televisivo por el que desfilan los más influyentes personajes de la política, la economía y la cultura nacional. En medio está también su oficio como guionista, que se ha materializado recientemente con Backyard (en torno a los feminicidios en Ciudad Juárez) y la colaboración como articulista habitual de las revistas Proceso y Letras Libres, en donde incluso fue invitada a dirigir el número dedicado al nuevo cine mexicano. Todas estas actividades, como ella misma afirma, no se apartan de su labor fundamental, que es la de contar historias: a través de las entrevistas televisivas, de los artículos, de los ensayos, lo que ella hace es observar, ver esa realidad esférica que tanto le atrae, y traducir en palabras una visión particular del mundo. Sus artículos son un buen ejemplo de esta perspectiva; en ellos se encuentra siempre un punto de vista particular, el aterrizaje de una idea abstracta en un hecho concreto: una historia.
     En tiempos como los que corren uno esperaría que ella regresara a contarnos la historia que el teatro debe escenificar sobre nuestro momento histórico, pero mientras nosotros miramos hacia adentro de la esfera, nos miramos a nosotros mismos con nuestras obras, Sabina mira hacia fuera y se hace mirar por los de afuera. Y allí nos cuenta otra historia a la que deberíamos poner atención.

(1) En Bixler, Jacqueline E., Sediciosas seducciones: sexo, poder y palabras en el teatro de Sabina Berman, México, Escenología AC, 2004, pp. 31-39
[2] En Op cit, pp. 175-95
[3] Moncada, Luis Mario, Así pasan… Efemérides teatrales 1900-2000, México, Escenología AC, 2007, p. ¿?