17/11/10

La Cocina del Mundo


Si como afirma Calvino hay cierto tipo de obras que intentan convertirse en sistemas o modelos totales del universo, La cocina de Arnold Wesker es un buen ejemplo de esta proposición. Así como un siglo atrás lo hiciera Melville con su tripulación multirracial del Pequod –en donde el conflicto principal no es la caza de la ballena blanca, sino el entendimiento comunitario–, el dramaturgo británico encapsula en este restaurante, mejor dicho, en las tripas del restaurante, el bagaje de más de un puñado de culturas, expresándonos a través suyo lo precario que ha sido siempre el equilibrio del mundo.  Minúscula y enorme aspiración: retratar el universo a través de un gesto cotidiano que no se anda con diplomacias.
            Esta obra fue escrita y estrenada hace casi 50 años y, no obstante, permanecía inédita en México. La dificultad es grande para levantar este barco. Por eso creo que Alonso Ruizpalacios ha tomado dos decisiones muy sabias para conseguirlo: en primer lugar, trasladar la cocina de Londres a Nueva York, donde el ingrediente migratorio adereza con sabor mexicano cientos de restaurantes; y, por otro, desarrollar la puesta en escena con un grupo escolar que –experiencias aparte–, puede alcanzar resonancias de lenguaje difíciles de conseguir con elencos profesionales, más proclives a la resolución pragmática. Dicho con sincero apetito, el ensamble Wesker –Ruizpalacios y la generación 2006-2010 del Centro Universitario de Teatro, es sin duda un platillo que se antoja degustar. ¿Habrá que hacer reservación?...

Escribí esta breve presentación antes de ver la obra, pero ahora que salgo del teatro puedo afirmar que mis dos observaciones han quedado plenamente ratificadas: la naturalidad con la que el éxodo mexicano se ha integrado a la trama, gracias sobre todo a la hábil adaptación de Ruizpalacios y de Alan Page, hace pensar que la cocina de Wesker siempre ha estado en Nueva York (no resulta extraño, hay que decirlo, si pensamos que la inspiración de Wesker proviene de su propia experiencia como cocinero en París, lo que hablaría del sentido más bien conceptual de la obra). Lo cierto es que este traslado geográfico le confiere a la obra una renovada actualidad que el público aprecia en grado sumo. Por otro lado, da gusto meterse hasta la cocina para ver el trabajo de un grupo de actores que además de partirse la madre, lo hace con plena conciencia y precisión técnica del lugar que ocupan dentro de la maquinaria. No parece un grupo escolar, sino un ensamble profesional perfectamente afinado. Mención aparte merece la producción del CUT, que rebasa el ejercicio escolar y que podría, por no decir, merecería insertarse en cualquiera de los circuitos del teatro profesional. 
     Lo digo sin empacho, he salido del teatro plenamente satisfecho, dicho lo cual, no me queda más que desearles "buen provecho" y que se atasquen.