13/4/13

Entre la comedia, la tragedia y la cultura oficial


Aunque podría suponerse que Moliere, de Sabina Berman, se centra en la biografía del más grande autor de comedias que haya pisado este mundo, en realidad trata de la rivalidad entre la comedia y la tragedia, aquí encarnadas en las personas de Moliere y Racine. Ambos coincidieron en un periodo breve de la historia de Francia, y juntos constituyen el más grande esplendor de su teatro. Tal vez no sea una coincidencia que ambos desarrollaran su carrera bajo la protección de Luis XIV, el Rey sol; y tampoco parece casual que este monarca haya jugado como fiel de la balanza en la entronización de la comedia, primero, y de la tragedia, más tarde, como si deliberadamente se hubiese hecho acompañar por el esplendor de la risa, en su primera juventud, y posteriormente hubiera buscado un tono más severo para simbolizar sus años de madurez. Siendo así, diremos más bien que esta obra trata de la rivalidad entre la comedia y la tragedia por apoderarse de la cultura oficial.
     La historia comienza cuando Moliere ya es el más importante autor teatral de toda Francia y decide apoyar a un autor recién llegado de provincia, pese a que este joven –de nombre Jean Racine–, tiene inclinaciones hacia la tragedia, un género por el que Moliere sólo ha recibido abucheos. Al principio su relación es fructífera, pero la amistad resulta breve porque hay en juego dos visiones del mundo y una gran ambición. Mediante un talento incuestionable y alguna que otra artimaña, Racine le arrebatará al amigo no sólo el favor del rey, sino el de la más importante actriz de su compañía, hechos ambos que contribuirán a la debacle física del cómico y a la persecución velada de sus obras. Con tan solo un golpe de mano el ambicioso autor trágico ha conseguido elevarse a la cúspide del reconocimiento público (cabe puntualizar la prontitud con la que recibe los nombramientos de Poeta oficial de Francia, presidente de la Academia e Historiador del reino), logrando colocar a la tragedia como la escuela de virtud que tanto esperaba la cultura francesa.
     En su prólogo a Fedra, Racine sentencia que los autores deberían de pensar en instruir a sus espectadores tanto como en divertirlos. Y así es; el sentido didáctico del teatro ha logrado imponerse como una purga que se hace a la medida de los gobiernos reales y eclesiásticos. 
     ¿Y qué pasa, mientras tanto, con nuestro autor de Tartufo? No se piense que pena su suerte en teatros periféricos; muy al contrario, prueba nuevas formas de alentar la risa del público, sea éste vulgar o cortesano. “Curioso oficio este de hacer reír a la gente decente”, escribe mientras se mofa de sí mismo representando sus vicios hipocondríacos. Resulta admirable que en su última obra, El enfermo imaginario, haya sido él mismo el modelo de personaje vicioso, lo que demuestra que incluso en la revelación de sus dolores más amargos sabe reír y compartir la risa como sólo lo hacen los espíritus verdaderamente virtuosos.
     En última instancia, la tragedia y la comedia no representan valores contrapuestos, sino la indagación de realidades distintas. Aristóteles se ocupó de ambas y logró deslindar claramente el terreno que cada una pisaba: el de lo mítico y ético, la primera; y el de lo mundano y extravagante, la segunda. Sin embargo, no hay que olvidar la hipótesis que Umberto Eco ofrece en El nombre de la rosa, donde se intenta erradicar a la comedia por mostrar las miserias del hombre, pero, sobre todo, por enseñarnos a reír de esas miserias. Esfuerzo vano: la risa ha sido enemiga de la autoridad y, no obstante, amiga de la inteligencia; por eso no resulta extraña la vigencia de Moliere y en cambio luce demasiado pesada la losa que aún hoy aplasta al talento trágico de Racine.
      ¿Y a qué viene todo esto?, se preguntarán; a que ahora que un nuevo sol sexenal asoma por el oriente, no está de más pensar de qué lado mascará la iguana oficial

Sabina Berman, Moliere, México, Ed. Plaza y Janés, 2000, 153 pp.