14/2/11

Adiós al fenómeno



Antes de los cumplir 18 calentó la banca mientras Romario levantaba la cuarta copa del mundo para Brasil. Cuatro años después estuvo llamado a ser la gran figura del Francia 98, hasta que un misterioso padecimiento horas antes de la final le hizo ceder el trono al gran Zidane. Con años de lesiones y falsas recuperaciones, a punto estuvo de acabar su carrera prematuramente, pero en 2002 regresó milagrosamente para arrebatar lo que siempre le perteneció: el título del más temible artillero de la historia. Todavía en Alemania el gordito se dio el gusto de romper el récord de anotaciones mundialistas, pero nunca más volvió a ser el mismo. ¿A quién le importa? Quien disfruta de la danza futbolística estará de acuerdo conmigo que Luiz Nazario de Lima ha sido un hombre tocado con el don del implacable matador. No importa que no haya tenido la elegancia de un Pelé, la lucidez de un Johan Cruyff, la destreza mecánica de un Cristiano o la insolente rebeldía de un Maradona, la felicidad de ver a Ronaldo es sólo comparable con la de salir a la calle a jugar una cascarita nocturna, un placer altamente improbable en estos tiempos. No entiendo muy bien el mecanismo, pero para un esteta futbolero de emoción discreta, como un servidor, nunca una jugada ha causado el dolor de aquella en que, con la casaca del Inter de Milán, su rodilla se dobló haciéndole proferir el llanto más desolador que se haya escuchado en una cancha de futbol. Apenas llevaba unos minutos en el campo después de un año de quirófanos y terapias cuando ese llanto pareció marcar el final de todo. Aún así, las mejores páginas de su historia estaban por escribirse, y pocas veces se ha visto un mayor acto de justicia. ¿Dónde radica la grandeza de Ronaldo? Fundamentalmente en el miedo que provocaba en los defensas contrarios: perseguirlo en campo abierto era una hazaña particularmente inútil, y encararlo cuando comenzaba a hacer la bicicleta era presagio de un ridículo seguro. Cuando tomaba el balón en los linderos del área los defensas agachaban la cabeza ante la masacre segura. Sin la magia increíble de Ronaldinho –su hermano de triunfos y debacles– Ronaldo supo siempre resolver sobre la marcha, como cuando el punterazo contra Alemania que coronó la quinta copa brasileña.
    Hoy anunció su penoso retiro, después de años de querer y no poder su cuerpo recuperarse. Se acabó. No habrá más goles del fenómeno, y aún así seguiremos recordando su tranco firme y sus obuses letales. Me pregunto por qué no puedo decir lo mismo de otro nueve casi tan letal llamado Hugo Sánchez, y lo único que se me ocurre es que mientras sus goles eran el producto del tesón y el perfeccionismo, los goles de Ronaldo fueron causa y consecuencia de la simple felicidad del juego.