10/9/11

Lotería Nacional

De color azul y plata, rodada 26, era la más linda bicicleta que uno pudiera soñar. Aunque fuera usada. Y en el taller de bicis la vendían a mil pesos. ¡Quién pudiera tener esa cantidad y llevarse la preciosura colgada como trofeo a la mitad del taller! Pero nunca en la vida había tenido mil pesos… Bueno, estuve a un pelito de tenerlos.
     Mi mamá me había mandado a cobrar un cheque al banco que estaba cerca de la Lotería Nacional, donde ella trabajaba. 
– Pon mucha atención y cuenta bien el dinero–, me dijo, pese a no ser la primera vez que me mandaba a cobrar los 800 pesos de su quincena; pero ya saben, cuando tienes 12 años los papás te lo explican todo dos veces, como si no entendieras.

      El cajero me entregó ocho billetes de cien; yo los conté dos veces antes de guardarlos en mi pantalón, y caminé de regreso a la Lotería. Al salir, una señora de aspecto humilde y poco más de 50 años se acercó  para preguntarme por una calle, y yo, que conocía el rumbo, le respondí sin dudar que esa era la calle.
   – Es que no sé leer, y ando buscando una dirección– me dijo con voz débil, mientras sacaba un papel doblado de su bolsa descosida. Lo puso frente a mí para que yo leyera un nombre y una dirección. 
      Entonces me explicó que debía cobrar un premio de la lotería, pero como no sabía leer le habían dado el nombre de un licenciado para  ayudarle con el trámite. Junto al papel había un cachito de lotería con terminación en 7. Yo volteé para mirar los números de las casas y descubrí que cerca de allí estaba el edificio indicado, así que la acompañé a la puerta. 
      Antes de tocar el timbre del despacho salió del edificio un hombre de traje que ya peinaba canas.
– ¿Señora Emilia?
La señora volteó hacia él mientras afirmaba con la cabeza.
– ¿Licenciado?
     El hombre dijo que llevaba horas esperando y pidió disculpas por no hacerla pasar pues ya se estaba yendo.
– Pero si trae el cachito de lotería podemos ir a cobrarlo ahora mismo.
      La señora Emilia le mostró el cachito, el licenciado lo revisó detenidamente y sacó un papel periódico doblado que tenía los resultados de la lotería. Es verdad que el periódico se veía viejo, pero nadie reparó en el asunto. Lo que los tres buscábamos con ansiedad era el número del cachito con terminación en 7 que, según descubrí en ese momento, no había ganado cualquier premio, sino el premio mayor de la lotería:
      – “¡150 mil pesos por cachito! ¡Premio mayor!, ¡premio mayor!”. 
      El licenciado me dijo que había sido muy amable en acompañar a la señora, y sugirió que, en agradecimiento, fuera con ellos a cobrar el cachito. Tal vez la señora aceptaría darme una retribución, algo simbólico: mil pesos o algo así. ¡Después de todo ella iba a cobrar 150 veces esa cantidad!
      Mientras la señora asentía yo ya no vi nada, o más bien vi una hermosa bicicleta azul y plata de rodada 26. Me vi pedaleando en el parque. Me vi feliz, rebasando la velocidad del sonido…
      La imagen se borró cuando, inesperadamente, la señora comenzó a retorcerse de dolor. El licenciado preguntó qué le pasaba y ella se aguantó otro retortijón antes de afirmar que eran los dolores de la diabetes.
   – ¿Está enferma?–, preguntó el licenciado con preocupación, y ella respondió que si no iba al Seguro para aplicarse una inyección el dolor aumentaría cada vez más.
   – ¿Qué hacemos?–, me preguntó el licenciado, pero yo no supe qué responder ante la inesperada situación.
      Para colmo, la señora decía entre retortijones que no podía llevar el cachito porque en el Seguro le iban a pedir que se quitara la ropa, y ella tenía miedo de que se lo robaran. Entonces el licenciado me miró de arriba abajo como evaluando si era persona de fiar, y me preguntó si podía ayudarlos.
– Ssí–, vacilé en responder, porque no entendí lo que pretendía.
El licenciado miró a ambos lados de la calle antes de exponer el plan:
   – Yo voy a acompañar a la señora al Seguro y tú nos vas a  esperar en la escalinata de la lotería. ¡Nadie va a imaginar que un niño lleva el premio mayor en su bolsillo!, ¿verdad?– y volteó como esperando la aprobación de la señora-  ¿Pero de verdad podemos confiar en ti?–, me preguntó, como sospechando que la codicia se despertaba en mi interior.
   – Por mí no hay problema– respondí con la mayor seriedad que pude.  El licenciado le hizo un gesto a la señora, como interrogando  si ella confiaba en mí, y como ella no decía nada, él se puso de mi lado diciendo que yo parecía un niño muy decente.
   – La gente decente no necesita robar porque no le hace falta dinero– dijo, mirándome comprensivamente, mientras metía la mano a su bolsillo y sacaba un fajo de billetes. –Yo tengo dinero –y agitó el fajo– soy una persona decente. ¿Y tú?  ¿eres tú una persona decente?
      Ambos me miraron fijamente y yo no supe qué hacer, hasta que metí la mano en el pantalón y mostré los 800 pesos de mi mamá.
      El licenciado sonrió confiado en que todo saldría bien. Y para no dejar dudas propuso que envolviéramos el cachito en un pañuelo, así nadie sospecharía nada. Yo no entendí muy bien cuál era el sentido; no pensaba enseñárselo a nadie. Sin embargo, estuve de acuerdo. Después de todo no podía desperdiciar la oportunidad de comprar la bicicleta soñada.
      Era un pañuelo de rayas verdes que el licenciado extendió sobre la palma de su mano, poniendo allí el cachito. Entonces nos miró fijamente y propuso algo que sellaría definitivamente nuestra complicidad.
   – Vamos a guardar nuestro dinero junto con el cachito–, dijo –así lo vas a cuidar con más empeño.
      Sin pensarlo dos veces, el licenciado puso su fajo de billetes sobre el pañuelo, esperando que yo hiciera lo mismo. Yo seguía sin entender muy bien el objetivo, pero para no despertar recelos volví a sacar mis ocho billetes de cien y los puse en el pañuelo de rayas verdes. Entonces el licenciado hizo un nudo rápido y, antes de entregármelo, me advirtió por última vez:
– Guárdatelo muy bien; guárdatelo así…
      Y mientras lo decía metió su mano adentro del saco, como indicándome la forma en que debía guardarlo. Acto seguido metió el pañuelo en mi pantalón sin que yo lo tocara y me hizo poner las dos manos encima, con la promesa de que no las despegaría de allí.
      Yo asentí, obediente, y me fui caminando hacia la Lotería Nacional, mientras ellos se alejaban en sentido contrario. Cuando los perdí de vista eché a correr para llegar más rápido. Mi corazón latía con una fuerza que nunca antes había sentido.
      Al llegar a la escalinata de la Lotería dudé sobre lo que tenía que hacer. Fueron unos instantes de mirar al angelito y al diablito que se paran en tu hombro para aconsejarte; uno decía: “espéralos, ellos confían en ti”, y el otro replicaba: “cóbralo y quédate con el dinero”. Entonces tomé una decisión. 
      Y me enfilé resuelto a las cajas de la Lotería. Escogí una que estaba vacía y puse sobre el mostrador el pañuelo de rayas verdes.
   – ¿Qué quieres, primor?–, me preguntó la cajera, esbozando una sonrisa enigmática.
– Vengo a cobrar un cachito–, dije lo más serio que pude.
– El premio mayor, ¿no?
Y al decirlo, la cajera de al lado soltó una risotada descarada que me hizo desconfiar. Mi cajera tomó el pañuelo que en ese momento –me extrañó–, tenía demasiados nudos. “¿A qué hora se los hizo?”, me preguntaba mientras las uñas largas de la cajera deshacían los nudos uno tras otro.
      Fueron largos segundos de no entender nada. Cuando terminó con el último nudo yo había perdido el aplomo, pero aún tenía esperanzas de ver allí mi gran tesoro… 
      Adentro del pañuelo no había más que papelitos blancos, papelitos blancos y nada más que papelitos blancos. 
      Los estafadores habían hecho un trabajo perfecto.
      
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Al menos no hubo ninguna burla ni regaño cuando subí al piso 15 de la Lotería a decirle a mi mamá que me habían robado toda la quincena. Sólo hubo un silencio enorme en toda la oficina. Y un hoyo en la boca del estómago que me acompañó todo el camino de regreso a casa. Cuando pasé frente al taller no quise ni voltear a ver la bicicleta de mis sueños y me seguí de largo hasta llegar a la casa y meterme a la cama, donde me pasé todo el día reconstruyendo la escena.
      ¿Cómo habían podido engañarme? ¿A qué hora lo hicieron? Si vuelven los pasos y desmenuzan el relato descubrirán dónde y cómo estuvo el engaño: comprenderán, por ejemplo, que el periódico tenía el mismo número que el cachito, pero no la misma fecha; por eso se veía tan viejo.
      Confirmarán que nunca tocamos un timbre en el edificio y que no existía el despacho del licenciado porque, en realidad, él sólo fingió que salía de su oficina.
      Se darán cuenta también que resultaba absurda la idea de darme a guardar el cachito a mí: si a la que iban a inyectar era a la señora, ¿por qué no podía el licenciado guardar el cachito?
      Lo que habían hecho era alimentar mi codicia.
      Y, por último, descubrirán que al momento de enseñarme cómo debía guardar el pañuelo, allí fue donde el licenciado intercambió los pañuelos: metió su mano al saco y guardó el pañuelo del dinero  mientras hábilmente sacaba un segundo pañuelo idéntico, pero lleno de papelitos blancos.
      ¿Por qué yo nunca quise darme cuenta? ¿Tal vez porque lograron sembrarme la ambición? ¿Tal vez porque era un ingenuo? ¿O porque eran ellos unos estafadores profesionales? ¿O las tres al mismo tiempo?
      Lo cierto es que esa quincena no la olvidaré jamás. Después de esa estafa, pasaron diez años para que yo comprara una bicicleta, que encantado pagué con mi primer salario. Pero lo más cierto de todo es que, desde entonces, nunca juego a la lotería.