9/3/12

Memorias Críticas o La vida apasionada de don Jorge Ibargüengoitia (1)


Estudio introductorio
Entre 1953 y 1963 Jorge Ibargüengoitia escribió trece obras de teatro y cuatro piezas para niños, recibió tres becas, dos premios nacionales y uno internacional, además de tener el reconocimiento de maestros y condiscípulos que lo consideraban un dramaturgo nato; sin embargo, en ese mismo periodo sólo dos de sus obras y una de sus piezas infantiles fueron estrenadas profesionalmente, siempre con modesta fortuna, lo que de alguna manera explica que a sus 35 años desistiera del teatro y se sumara a las filas de la narrativa, con los resultados que todos conocemos.
            Sin ánimo de especular, podemos suponer que una decisión tan drástica y definitiva no sobrevino repentinamente; de hecho es posible que, minado su entusiasmo por las artes escénicas, haya rumiado largo tiempo la posibilidad de una salida teatral antes de consumarla en los hechos a través de su Oración fúnebre en honor de Jorge Ibargüengoitia, último de sus artículos teatrales, lúcido e hiriente, en el que con tres pinceladas dice todo lo que le faltaba decir acerca del teatro, la crítica y la cultura nacional. En esta lógica de pensamiento, resulta muy probable que entre 1961 y 1964, periodo en que colaboró como crítico teatral con la Revista de la Universidad se haya convencido paulatinamente de su capacidad para el diálogo, pero de su “incapacidad para establecerlo con gente de teatro”.      
   En 31 colaboraciones para esta revista, a razón de una por mes, Ibargüengoitia no hizo más que poner en evidencia el rosario de males que aquejaba (y aún aqueja) al teatro mexicano: se ensañó con los viejos y jóvenes dramaturgos, mostró su desconfianza hacia los artistas de culto, subrayó las contradicciones de las políticas culturales del gobierno y, de paso, aprovechó para purgar con ironía sus frustradas experiencias teatrales. Dicho lo anterior, no quedaría sino preguntar qué hacía Ibargüengoitia tratando de formar parte de esa “constelación”, como él mismo la llamó en un artículo en el que reclama a Usigli por no considerarlo entre los representantes de su generación.
            Las críticas de Ibargüengoitia fueron respetadas por su agudeza, humor y anticomplacencia, aunque también fueron duramente cuestionadas por su tendencia a los juicios “impresionistas” y subjetivos. Posiblemente esas reconvenciones tuvieran buena parte de razón; no obstante, con el paso del tiempo encontramos que la riqueza de sus artículos radica, sobre todo, en su congruencia y lógica tan particular a la hora de hablar del fenómeno teatral.   Ibargüengoitia renunció deliberadamente a ser el juez que analiza objetivamente los elementos constitutivos de la obra artística, como lo exigía el joven Carlos Monsiváis en una virulenta refutación, y defendió la idea de asumir absoluta y conscientemente su parcialidad.
            Criticable o no el método crítico, sus artículos conforman hoy un material estimulante para abordar al menos dos líneas de interpretación: una de ellas permitiría exponer la radiografía del medio teatral en una coyuntura por demás interesante (cabe mencionar de ese periodo el auge del teatro universitario y el ambicioso proyecto teatral del Seguro Social, por ejemplo); la segunda ofrecería una ruta crítica invaluable para reconstruir una biografía literaria en la que, como pocas veces, se mezclan vida y obra en un todo orgánico. (Continuará) 

Ibargüengoitia, Jorge, El libro de oro del teatro mexicano (introducción, selección y notas de Luis Mario Moncada), México, Ediciones El Milagro, primera edición 1999 (2a ed. 2012), 182 pp.