12/3/12

Tezozómoc (Escena 8)


Interior del templo de Texcoco. Frente a una piedra de sacrificios, los Sacerdotes terminan de disponer los utensilios. Entra Tonáhuac.

TONÁHUAC:        
¿Todo está dispuesto ya? ¿El tamízquitl[1]?, ¿el copal?, ¿el cuchillo?, ¿la urna para el corazón? Entonces, vayan por él.
SACERDOTE 1:        
Prometiste que nadie se enteraría de nuestra participación, Tonáhuac.
TONÁHUAC:        
¡Deja los escrúpulos! No tengas miedo.
SACERDOTE 1:        
¡Es sangre de Xólotl! ¡Y nos haces derramarla!
TONÁHUAC:        
¿Cuál es el problema? ¿El premio? Hagan lo que les digo, y van a ver.

Los sacerdotes se miran, impotentes. Antes que puedan salir, aparece Nezahualcóyotl.


TONÁHUAC
¡Neza! ¡Estabas aquí! Acércate.
NEZA:           
Buenos días, Tonáhuac. te veo triste
TONÁHUAC:        
Tal vez no sea mi mejor día. Pero no hay nada que no se cure con un poco de Tamízquitl. Ten, come.
NEZA:          
Creo que nadie puede estar más triste que yo.
TONÁHUAC:        
Come.

Neza toma las hojas, pero evita comer.

NEZA:           
Algunos jóvenes se ponen tristes sólo por seguir la moda. Pero yo estaría feliz aunque sólo fuera un pobre campesino, ¿sabes? yo estaría feliz, si no conociera los planes de tu señor.
TONÁHUAC:        
¿Sus planes? ¿Los conoces?
NEZA:          
¿Qué culpa tengo yo de haber sido hijo de un rey?
TONÁHUAC:         
Niño, por favor, acabemos con esto. Come.
NEZA:         
Tonáhuac, ¿sigues enfermo? Te ves pálido.
TONÁHUAC:         
¿Te parece? No, estoy mucho mejor.
NEZA:         
Ayer no tuve tiempo de prepararte la medicina que me enseñó a hacer el Sacerdote de Tláloc.
TONÁHUAC:         
Príncipe... Vamos a comenzar.
NEZA:           
¿Cuál es la prisa? Mira, vamos a seguir masticando.

Se mete las hojas a la boca.

TONÁHUAC:         
¿Ves aquello? (Le enseña una urna) ¿Entiendes su significado?
NEZA:         
Demasiado bien, para ser una acción tan mala. Tienes que arrancarme el corazón.
TONÁHUAC:        
Tengo que hacerlo.
NEZA:         
¿Y tendrás corazón para hacerlo?
TONÁHUAC:        
Juré que lo haría; debo entregarlo en la urna a mi soberano.
NEZA: (Escupe las hierbas)
¡En una urna! Es ahí donde acabaremos. Y nuestras palabras se las llevará el viento, sin haber sido escuchadas.
TONÁHUAC:        
Y para qué. Todo lo que digas se perderá.

Tonáhuac hace una seña a los sacerdotes, quienes toman al príncipe  de las cuatro extremidades y lo acuestan suavemente sobre la piedra.

NEZA:         
¿Nunca te declamé esto, Tonáhuac? Escucha:
TONÁHUAC        
Ahora no, príncipe.…

Pero Nezahualcóyotl comienza a declamar.

NEZA:        
“Percibo lo secreto, lo oculto/ ¡Oh, grandes señores! / Aunque lo sean / todos somos mortales / de cuatro en cuatro, todos habremos de irnos / todos habremos de morir en la tierra / como una pintura nos iremos borrando / como una flor nos iremos secando / aquí sobre la tierra. / Como vestidura  de plumas del quetzal  / de la preciosa ave de cuello de hule / nos iremos haciendo polvo… . / Medítenlo, señores águilas y tigres / aunque fueran de jade / aunque fueran de oro / también se irán al lugar de los descarnados / Todos tendremos que desaparecer  / Nadie habrá de quedar...”[2] 
TONÁHUAC:        
Ya basta. No necesitamos más.

Los sacerdotes lo amarran. El príncipe pierde el aplomo que tenía.

NEZA:        
Sálvame, Tonáhuac, por favor. Mi corazón se sale del cuerpo sólo de verles el rostro a estos hombres sanguinarios.
TONÁHUAC:        
Yo lo voy a hacer. Denme el cuchillo.
NEZA:         
¿Por qué? ¿Por qué tienes que ser tan perverso? Diles que no me sujeten. En nombre de Xipe Totec, diles que se vayan y yo me quedaré tan manso como un niño. No me voy a mover, no voy a mirar, no voy a decir nada. Despídelos y te juro que voy a perdonarte lo que sea.
TONÁHUAC: (A los sacerdotes)
Váyanse. Yo lo voy a hacer solo.
SACERDOTE 1:        
Gracias, señor; gracias. Príncipe; yo no quería saber nada de esto.

Salen los sacerdotes, aliviados.

NEZA:         
Lo que es el destino. Pedí que los despidieras, y apenas ahora me doy cuenta que a quienes despediste eran mis amigos. Llámalos de nuevo, Tonáhuac, para que su compasión se te contagie.
TONÁHUAC:        
Prepárate, príncipe.
NEZA:         
¿No hay remedio?
TONÁHUAC:        
Ninguno, sino perder el corazón.
NEZA:           
“¿A dónde iremos? / ¿dónde la muerte no existe? / Mas, ¿por esto viviré llorando? / Que mi corazón se enderece / aquí nadie vivirá para siempre…”[3] .
TONÁHUAC:        
¿Esa es la promesa que me hiciste? ¡Vamos, amarra la lengua!
NEZA:        
¡No me pidas que refrene la lengua; no me lo pidas, o córtame la lengua, si quieres, para que pueda conservar mi corazón!
TONÁHUAC:        
Vamos a acabar de una vez.
NEZA:        
El cuchillo está frío.
TONÁHUAC:        
Lo voy a poner al fuego.
NEZA:        
No, ¡mira al fuego!, el fuego se ha muerto de pena al ver que lo empleaban en un trabajo tan indigno.
TONÁHUAC:        
Con un soplo se avivará.
NEZA:        
No, Tonáhuac; todas las cosas que uses para hacerme daño se negarán a servirte. Sólo a ti te falta esa piedad que hasta el fuego tiene conmigo.
TONÁHUAC:        
¡Está bien, está bien! ¡Vete!, vuelve a la vida. No voy a tocar tu corazón ni por todas las joyas de mi señor.

Nezahualcóyotl se incorpora, liberado.

NEZA:         
Ahora te veo bien el rostro, Tonáhuac. Estabas disfrazado...
TONÁHUAC:        
¡Silencio!  Tezozómoc no debe saber otra cosa, sino que estás muerto. Vete lo más lejos de aquí; ya veré la forma de entregarle un corazón falso.
NEZA:        
¡Gracias, amigo y protector!
TONÁHUAC:        
¡Pero, silencio! Ni una palabra más.  ¡No quiero volver a escucharte nunca!, ¿oíste? Ven por aquí. Me estoy exponiendo por salvarte.

Le entrega el cuchillo al príncipe y salen


[1] Hierba relajante.
[2] Nezahualcóyotl, Como una pintura nos iremos borrando.
[3] Nezahualcóyotl, A dónde iremos...