19/8/11

Acción





EL CUENTITO
Mauricio Kartun [1]

Los autores se han puesto demasiado complicados porque se han apartado de El Cuentito. Para el espectador El Cuentito es imprescindible, porque sin él no entiende. El teatro pierde popularidad porque los autores ya no son capaces de contar El Cuentito.

Lo he escuchado demasiado frecuentemente. Nunca se me hubiera ocurrido hacer el esfuerzo -quizá algo obvio- de refutarlo si no fuese porque en los últimos tiempos se lo he oído a unos cuantos actores, que parecen así hacer el descargo correspondiente por la falta de público. Aunque El Cuentito es un término convencional que usamos habitualmente los dramaturgos para referirnos al nivel primario de un relato -un mapa con el que orientar las, a menudo, caóticas imágenes del creador- en su acepción más generalizada, el término, hace referencia a un orden, una simetría narrativa más propia -en las últimas décadas- del realismo televisivo, o del cine norteamericano, que del -más heterogéneo- menú de géneros escénicos. 





Buena parte de estos géneros es capaz de utilizar  El Cuentito -claro- como herramienta de construcción, pero pocos lo tomarían hoy como fin. Sin embargo, la crisis de público ha agudizado -si no la imaginación- la nostalgia, y algunas cabezas parecen haber determinado que si una receta dio resultado por tanto tiempo; que si lo usa la televisión y la gente no ha reventado todavía demasiadas pantallas a botellazos; que si lo mencionan los recetarios de dramaturgia norteamericanos (los más bananas, adictos a cierta autoayuda dramatúrgica, le baten plot): es porque El Cuentito es la panacea que volvería a reordenar las cosas. El Cuentito sería la plancha capaz de desarrugar las rugosas estéticas contemporáneas, que ahora así prolijas, almidonadas, volverían a atraer a nuestro tradicional espectador de clase media. En el marco de este concepto, los autores -o los directores, cuando desde su disciplina ejercen la dramaturgia- vendrían a ser una suerte de complicados, poco comprensibles -y comprensivos-, empecinados en contar de tal desharrapada manera que El Cuentito siempre aparezca contrahecho. Recuerdo haber visto hace un tiempo un chiste de Quino que me divirtió mucho: una mucama hacendosa y eficiente frente a una oficina ferozmente desordenada. En la pared de foro: el Guernica de Picasso con toda la complejidad de sus innumerables signos. La mujer -cuadro a cuadro- iba poniendo un orden minucioso en aquel despelote. Un objeto junto a otro en obsesiva simetría. Al llegar al Guernica -claro- cumplía con su deber y le reordenaba todas las figuras en prolija disposición. Cada vez que escucho mentar El Cuentito, siento que a la dramaturgia de hoy le están queriendo ordenar el Guernica.


Tal vez resulte útil revisar cómo se llegó hasta aquí:

Convengamos en principio que si consiguiéramos imaginar la historia del teatro como un inmenso vitral -un bello, colorido, y complejísimo vitral de veintitantos siglos-, el teatro que hacemos, más aun: el teatro tal como lo conocemos, sería sobre ese plano en proporción, apenas una miserable cagadita de mosca. Y sin embargo, de las innumerables deposiciones que lo adornan, ninguna sería tan llamativa, tan fosforescente como la nuestra. Una mínima cagadita, sí, pero insertada en un motivo tal -y de tal forma- que es capaz de quebrar la rutina visual de tantos miles de años. Una cagadita fluo.

La explicación es sencilla: nunca el teatro vivió alternativas tan singulares como las de hoy. Sucede que desde su nacimiento, y hasta, apenas, el umbral de este siglo, el teatro fue un hijo único, sobreprotegido, y consentido hasta en sus caprichos más banales. Nadie competía con él, porque sólo él era capaz de contar un cuento que se veía. Un malcriado capaz de levantarle la mano, incluso, a la madre literatura. Siglos y siglos de plácido vagar sin otra preocupación que la de parecerse a sí mismo. Pero cuando ya creía que siempre sería todo soplar y hacer botellas: le nació el hermanito. Un inocente que arrancó con ferocidad la cámara negra, y sobre un panorama blanco empezó a proyectar cuentos que se veían cada vez mejor; y con derroche de nuevo rico era capaz de poner en la pantalla lo que hiciera falta. Basta de tanto recurso miserable: si había que contar sobre la guerra se ponía allí arriba la guerra, con sus multitudes, y el tronar de sus batallas, qué joder. Nada de mensajeros ensangrentados que relataban lo que había pasado. Ahora pasaba. Tanto esfuerzo de la dramaturgia por perfeccionar las técnicas de narración escénica para que al final venga un hijo bastardo, y -de taquito- lo haga mucho mejor, con más recursos, y con un discurso visual que lograba el viejo anhelo, jamás conseguido por el teatro: instalar -por fin- a la novela en un código de escenificación posible y práctica. Convertirla -casi sin descarte- a un género dramático.

El cimbronazo de tener que compartir con el hermano menor fue demoledor. Con tal de llamar la atención el teatro hizo las cosas más desmesuradas: intentó parecerse al otro -y por supuesto fracasó-, se puso rabioso y gritó incoherencias, y al final, claro, se enfermó. Pero como suele pasar, las desgracias nunca vienen solas: sobre que éramos pocos, -literalmente- parió la abuela, y el nuevo integrante que se agregaba ahora a la familia ya no sólo contaba tan bien como el anterior, sino que lo hacía en la intimidad misma de la casa del espectador, y gratis.

Es importante entender estos antecedentes en el análisis de los cambios que particularizan de tal rotunda manera al teatro en el último siglo. El teatro ya no cambia sólo como resultado de un devenir estético, como lo había hecho durante miles de años: ahora cambia porque,  si no, muere. Un auténtico pico de crisis. Un punto de inflexión que lo llevará a zonas insólitas.

Pero el nuevo siglo no estaba acostando solamente al teatro. Por suerte, o desgracia, nunca falta un roto para un descosido: la plástica, monopolio de la reproducción icónica, avasallada por la fotografía; la poesía, presa en los límites escasamente comunicativos del papel después de haber disfrutado de la maravillosa popularidad oral; la danza, arrinconada en el amaneramiento de sus códigos puramente corporales; el circo, cercado en su cajita de lona melancólica; la historieta, refugiada en su bunker under; los títeres condenados a su monotonía aniñada; el varieté; el cabaret. Misteriosamente, como autoconvocados al club de veteranos de guerra, se fueron juntando los tullidos; y el teatro descubrió que podía prestar su casa para la soirée. Y una vez todos allí, los afanó impiadosamente.

El teatro de este siglo es, efectivamente, una gestalt, que comprobó el poder de la mixtura híbrida. Con la danza, desde Pina Bausch, con la política, desde Brecht, con la plástica desde Kantor, o con la antropología desde Brook -o Barba- el teatro se apareó con quien pudo. Y con todos tuvo familia. Y estos hijos, por supuesto, trajeron también la propia definición genética del otro integrante de la pareja. Una fertilísima bisociación, uno de esos apareos fantásticos de los que está llena la historia de los procesos creativos en el mundo. Por supuesto, tal diversidad genética trajo también el despelote. Los hijos de la plástica sostenían, por ejemplo, que lo argumental era un armatoste prescindible. Los de la poesía, que no había por qué contar nada, y que bastaba con las imágenes -literarias o visuales- y que las metáforas eran muchísimo más atractivas, y más útiles, que los conceptos. El teatro que hasta ahora sólo sabía contar, que estaba aferrado a los límites que le suponía la sumisión a El Cuentito, empezó a entender que si de contar se trataba, tanto el cine como la tevé le tiraban el chico lejos, pero que en cambio, en este nuevo campo que se le proponía -en el campo de lo poético- había encontrado una tierra fecunda como pocas, y casi virgen. Como si fuera poco, la metáfora era una semilla fértil, que se la revoleaba y crecía como yuyo. Y ­­no hacían falta más elementos que los que ya tenía. Por el contrario, los que había le sobraban, ya que sólo se trataba de asumir el poder de condensación de lo escénico. Y se le hizo claro que la fórmula de la espectacularidad no estaba en las maquinarias de despliegue, sino, más sencillamente, en un utensilio de la retórica que había usado desde siempre. La fórmula se llamaba sinécdoque.


El teatro asumió este nuevo destino poético, y lo impuso aun en la zona más reacia al cambio: la de la literatura dramática. También la escritura comprobó el poder de esos tropos, y los adoptó decididamente. Sólo hicieron falta una docena de autores que se animaran más allá de las fronteras de la narración lineal. Y con el nuevo código de emisión, tuvo que nacer también, claro, el nuevo código de recepción. El espectador no podía confiar ahora en ese teatro que ya no lo llevaba paternalmente de la mano por los senderos plácidos de El Cuentito, y que lo obligaba a implicarse o quedar afuera. Sucede que la actividad poética exige conectar un hemisferio cerebral que -habitualmente- duerme inmaculado en el cajón, junto a la vajilla para las visitas.  Muchos espectadores aceptaron gustosos la nueva gimnasia. Otros se bajaron del tándem: le demandaban al teatro continuar con su responsabilidad narrativa, aunque a la hora de los bifes -cuando de El Cuentito se trataba- la mayoría terminaba prefiriendo el cine. Para suerte de los reacios que seguían reclamando la receta de siempre, la escritura teatral había acumulado tal stock que la estantería garantizaba la provisión de reposiciones.

Pero no sólo al espectador le exigía cambios el nuevo teatro. Naturalmente hacían falta actores capaces de adaptarse.  Muchos lo hicieron. Otros se formaron -directamente- en los nuevos sistemas expresivos. Otros no quisieron saber nada, y la tevé que no tiene un pelo de zonza los hizo socios de su club. Algo similar pasó con los autores y directores. Y así llegamos a nuestros días. Con un público en transición, con una pata en el viejo muelle y otra en el bote. Un público cada vez más impredecible que abandona -por ejemplo- horarios centrales en salas tradicionales, y llena otras en horarios insólitos. Un público con una generación incluida que no pisa el teatro ni que la maten, pero es capaz de inventarse como espectador y reventar un estadio -como con La Fura hace unas semanas- en un acto de reverencia al teatro poético que ya lo hubieran querido los clásicos. Y un público -también- de un teatro costumbrista que sirve -apenas- de pretexto para que figuras de la tevé exploten su popularidad con ellos, que pagan casi exclusivamente por verlos en vivo. Una de esas "excusas teatrales" como las llamaba -y las aborrecía- Tennessee Williams. Y en medio de este contexto tan enquilombado; cuando el vacío de las salas deja un tendal de lesionados; después de tanto avatar y batalla; desde las filas diezmadas volvemos a escuchar el reclamo plañidero: "El teatro pierde popularidad porque los autores ya no son capaces de darle al público El Cuentito."

No se trata naturalmente de asumir el hermetismo como bandera -decía Discépolo: "algunos autores escriben difícil porque es más fácil"-, ni de abominar el realismo: el realismo es un campo tan fértil para la poesía como cualquier otro si no se lo confunde con literalidad. Se trata sencillamente de entender esta especificidad de hoy, que ya no nos compromete al mero rol de narrador de historias. Durante muchos siglos el teatro lo tuvo y lo cumplió obedientemente, tenía una responsabilidad, y nadie puede decir que no la acató a conciencia. Su deber era contar, y contó todo. Su condena era El Cuentito, y la cumplió sin reducción de pena. Y lo hizo bárbaro. Hoy la escena se ha transformado forzadamente en otra cosa. El teatro es hoy una de las pocas zonas de preservación poética que nos quedan. Algo así como un coto, una Reserva Imaginaria. Querer que el teatro siga limitándose a contar El Cuentito es condenarlo a una competencia en la que pierde inexorablemente. Y si pierde, se hunde en el mar de los anacronismos, junto a la declamación, los magazines, la fonomímica, y los diskettes de 5 1/4.


[1] Mauricio Kartun  (Argentina, 1946) es dramaturgo y docente. Ha escrito más de veinte obras teatrales entre originales y adaptaciones, entre ellas  Como un puñal en las carnes, Desde la lona y Rápido nocturno aire de Foxtrot. Sus piezas - representadas en todo el mundo - han ganado importantes concursos y premios en la especialidad. Creador de la Carrera de Dramaturgia de la E.A.D (Escuela de Arte Dramático de Ciudad de Buenos Aires) es responsable allí de su Cátedra de Taller. Asimismo, es docente de la Universidad Nacional del Centro en cuya Escuela Superior de Teatro es titular de las cátedras Creación Colectiva, y Dramaturgia; y dicta en la Escuela de Titiriteros del Teatro General San Martín de Buenos Aires la materia Dramaturgia para títeres y objetos. De continuada actividad pedagógica en su país y en el exterior, ha dictado innumerables cursos, talleres y seminarios en España, México, Cuba, Colombia, Venezuela, y Puerto Rico. Alumnos formados en sus talleres se han hecho acreedores a la fecha a más de sesenta premios nacionales e internacionales en la materia.