29/8/11

El Mandarín (Escena 1)


(Adaptación de la novela de Eça de Queiroz)

La campanilla


TEODORO
Cuando esto comenzó
Era yo escribano en el gobierno.
Vivía en el ocho de Callejón de Romita;
casa de huéspedes de la viuda Limón. 
Mi vida era equilibrada y tranquila:
durante la semana me ponía mis manguitos de lustrina sobre la camisa y copiaba cosas como:
“Ilustrísimo Señor: Tengo el honor de comunicar a Usted...”
“Tengo el privilegio de transmitir a Vuecencia”....
“Excelentísimo Señor, por disposición de la autoridad”...
Los domingos, en cambio, me instalaba en el comedor,
con la pipa entre los dientes,
y admiraba a la viuda Limón mientras, con clara de huevo,
quitaba la caspa al teniente Cruzalta.
 
VDA. LIMÓN      
¡Enclenque! ¡Malagüero!

TEODORO            
La casera me llamaba así porque soy flaco,
y porque siempre cruzo las puertas con el pie derecho,
además de andar siempre encorvado:
la costumbre de bajar la cabeza ante mis superiores;
una actitud, hay que decirlo, muy conveniente para un bachiller,
mantiene la disciplina dentro del Estado
y le garantiza a uno sus doscientos pesos al mes.
Pero no crean que me compadecía de mí mismo.
La vida modesta tiene sus encantos:
Resulta grato, por ejemplo, colocarse la servilleta al cuello, ante un bistec,
y abrir El Imparcial para enterarse de  los vicios de la clase media.
Además, nunca fui excesivamente desgraciado
porque no tengo imaginación.
Siempre ambicioné lo racional, lo concreto,
lo que ya habían alcanzado algunos vecinos,
lo que es accesible a un bachiller, pues.
Y para no resignarme rezaba todas las noches a Nuestra Señora de los Dolores
y compraba cachitos de lotería.
Mi sueldo alcanzaba para la pensión y los cigarros,
pero no me permitía otros vicios,
así que tenía la costumbre de comprar libros viejos en Santo Domingo
y hartarme con aquellas lecturas. 
Una noche, precisamente, comencé a leer
un viejo folletín titulado "La quebrada de las almas".
Me invadía un grato sopor cuando un párrafo singular llamó mi atención.
           
“En las profundidades de China existe un mandarín muy rico. Nada conoces de él, ni su nombre, ni su rostro. Pero para que tú heredes sus caudales infinitos, basta que hagas sonar esa campanilla que está a tu lado. Él apenas emitirá un suspiro en los confines de Mongolia. Entonces se convertirá en un cadáver y tú tendrás a tus pies más oro del que puede soñar la ambición de un avaro. Tú, que me lees y eres un mortal, ¿harás sonar la campanilla?”

TEODORO           
Me quedé perplejo ante aquella interrogación mortal,
“¿harás sonar la campanilla?” 
me parecía cómica y maliciosa, y sin embargo me trastornaba.
Quise seguir leyendo, pero las líneas escapaban,
como cobras asustadas,
y en el vacío que dejaban resaltaba la extraña interpelación:
     “¿Harás sonar la campanilla?”
Aquella página parecía destilar magia:
cada letra parecía un signo de la cábala antigua que encierra atributos fatídicos...
Entonces una fuerza se apoderó de mí
y frente a mis ojos cobró forma una imagen: 
¡La campanilla de la que hablaba el extraño párrafo!
Entonces, desde el otro lado de la habitación,
una voz insinuante y metálica dijo en medio del silencio:

MEFISTÓFELES.-
Vamos, Teodoro, extienda la mano, ¡atrévase a sonar la campanilla!

TEODORO           
Frente a mí estaba una figura de negro,
con un sombrero de copa y guantes también negros.
No parecía fantástico.
Más bien tan normal,
tan clase media,
como alguien de mi oficina…
Su originalidad estaba en el rostro:
la nariz agresiva y muy corva tenía el aspecto amenazador de un águila;
y los ojos, 
los ojos que miraban fijamente,
parecían los fogonazos de un disparo salido del zarzal tenebroso de sus cejas.
     Me aterró la idea de tener frente a mí al Diablo;
pero mi razón se sublevó.
Yo nunca había creído en el Demonio,
como nunca he creído en Dios.
Rezo, sí, a Nuestra Señora de los Dolores,
porque así como soborné a mi profesor para obtener mi título de bachiller,
así como para conseguir mi empleo supliqué la benevolencia de un diputado,
de igual modo, para librarme de la tuberculosis, de la angina de pecho,
del navajazo de algún rufián,
necesito contar con una protección sobrenatural.
Convencido del absurdo de la situación, le susurré: 
“¿me aconseja que haga sonar la campanilla?”

MEFISTÓFELES-
Teodoro, Teodoro, en la tierra hay cosas prodigiosas,
Pero sólo quiero llamar su atención sobre una de ellas:
esos seres que se llaman Mujeres,
que nada tienen que ver con aquellas que se llaman Hembras.
Aquéllas, en mi tiempo,
–página tres de la Biblia–,
únicamente vestían una hoja de parra.
Hoy, Teodoro,
llevan todo un ingenioso y sutil poema de encajes,
batistas, rasos, flores, joyas, cachemires, gasas y terciopelos...
Imagínese la satisfacción que los dedos sienten al palpar esas maravillas de tersura;
pero los gastos de esos seres angelicales no se cubren con una moneda...
Todas esas cosas están lejos, infinitamente lejos, Teodoro, de sus doscientos al mes...

TEODORO           
Así es.

MEFISTÓFELES-
¿Qué diría usted de tener unos… quinientos millones? 

TEODORO     
¡¿Quinientos?!

MEFISTÓFELES.–
Además, piense en  ese Mandarín de lo más recóndito de China,
decrépito y gotoso,
a un paso de la tumba.
Sólo tiene que coger la campanilla y hacer “tilín-tilín”.

TEODORO.–
¿La campanilla?

MEFISTÓFELES.–
Comprendo lo repugnante que es para un gentleman asesinar a un semejante.
Pero aquí no habrá ningún espectáculo desagradable.
Es como quien llama a un criado:
“Tilín-tilín”...
Teodoro, ahí tiene la campanilla;
¡atrévase!

TEODORO.-     
Si este demonio me hubiese llevado hasta la cumbre de un monte,
y mostrándome imperios dormidos, me hubiera dicho: 

MEFISTÓFELES.–
Mata al Mandarín y todo lo que ves en el valle será tuyo.

TEODORO.–
Yo habría sabido contestarle:
“¡Mi reino no es de este mundo!”
–Conozco a los clásicos–.
¡Pero eran quinientos millones!,
ofrecidos a la luz de una vela por un tipo con sombrero de copa y guantes negros...
Así que dejé atrás las dudas.
Y con mano firme agité la campanilla.
     Tal vez fue una ilusión;
pero me pareció que otra campana repicaba en la oscuridad a través del universo,
en un tono trágico que despertaba a soles que dormían y a planetas que crujían sobre sus ejes...
Entonces el individuo se llevó un dedo al párpado y enjugó una lágrima.

 MEFISTÓFELES-
¡Pobre Ti Chin-Fu!...

TEODORO           
¿Está muerto?

MEFISTÓFELES-
Estaba en su jardín,
armando una cometa de papel cuando le sorprendió el “tilín-tilín” de la campanilla.
Ahora yace a la orilla del arroyo,
vestido de seda amarilla,
y entre los brazos sostiene su cometa de papel,
que parece tan muerta como él.

TEODORO.–           
El desconocido se quitó con respeto el sombrero y salió de mi habitación.
Entonces creí despertar de una pesadilla.
Corrí hacia el pasillo,
donde escuché una voz afable hablar con la viuda Limón
y después cerrar la puerta de la calle...
     “¿Quién anda ahí?”

VDA. LIMÓN.–     
Cruzalta, que fue a dar una vuelta.

TEODORO.–     
Gritó la viuda desde el salón.
En el cuarto todo seguía tranquilo, idéntico, real.
El libro estaba abierto en la temible página.
La releí; pero ahora las palabras tenían el aspecto de carbones apagados...
Me acosté, y soñé que estaba lejos,
en las fronteras de Tartaria,
en el quiosco de un convento de Lamas,
escuchando las máximas prudentes y apacibles
surgidas de los labios de un Buda vivo...

Pronto podrás descargar la obra completa en formato pdf.