31/10/11

Don Juan Tenorio va al teatro

CONFERENCIA PARA ESTUDIANTES DE SECUNDARIA
Cómo empezó la historia
Habrás oído hablar de Don Juan Tenorio; muy probablemente habrás visto alguna vez la obra en el teatro, ya sea acompañado de tu familia o con tu escuela. Don Juan Tenorio es una obra muy popular que todos los años, específicamente el Día de Muertos, se representa en los teatros. ¿Por qué? Bueno, porque en ella se cuenta la historia de un joven apuesto y libertino que intenta burlarse de la muerte.


     Además de eso, Don Juan Tenorio es muy célebre porque simboliza un mito muy antiguo: el del personaje embaucador que invariablemente enamora a las mujeres para después engañarlas y olvidarlas. Esta figura ha tenido distintos nombres a lo largo de la historia, pero el más emblemático es el de “don Juan”. Por eso no es raro que entre nuestros amigos y compañeros siempre haya uno al que nombremos con este apelativo. 
     El creador artístico de este personaje fue el dramaturgo español Tirso de Molina, por allá del siglo XVII, cuando lo hizo protagonista de su obra El burlador de Sevilla.  Allí el apuesto Don Juan da repetidas muestras de sus dones seductores y de su falta de escrúpulos con las mujeres a las que enamora; sin embargo, en uno de sus excesos causa la muerte de don Gonzalo --padre de una de las jóvenes engañadas--, quien antes de morir jura que volverá para vengarse. Don Juan no hace caso de la advertencia y continúa con sus arriesgados ligues, aunque tarde o temprano recibirá la visita del espectro de don Gonzalo, quien lo convidará a cenar en el cementerio. El joven se siente tan seguro de sí mismo que aceptará la invitación, pero finalmente caerá en la trampa y morirá en el mismo sepulcro de su víctima.
     La historia del don Juan ha tenido múltiples versiones: algunas de las más populares son la francesa, de Moliere; la rusa, de Pushkin; o la operística, de Mozart. En México, sin embargo, no hay otra versión más conocida que la de José Zorrilla, estrenada en España a mediados del siglo XIX; es decir, en pleno auge del Romanticismo. En esta versión Don Juan tiene los mismos atributos que sus antecesores, pero a diferencia de ellos, logra arrepentirse un momento antes de morir, salvando su alma y reuniéndose en el más allá con la fiel doña Inés. 
Una producción de la Compañía Nacional de Teatro el INBA
Don Juan en México
Curiosamente la tradición de poner en escena cada año el Don Juan Tenorio es más fuerte en México que en ningún otro lugar, incluyendo a España, aunque nadie sepa a ciencia cierta por qué. Probablemente tenga que ver tanto con el culto a la muerte de nuestra cultura como con el estilo melodramático de la obra, tan similar al de nuestro cine y televisión. No en balde se dice que esta obra, que no es mexicana de origen, es la más popular de nuestro país.
     La que sí es una tradición exclusivamente mexicana es la de hacer versiones cómicas del Tenorio; desde hace prácticamente un siglo es común ver en escena esta historia aderezada con los chistes del momento, aquellos que involucran a figuras de la política y la cultura nacional. ¿Cuándo se originó esta tradición? Existen antecedentes en los albores del siglo XX (El Don Juan de Guarache, por ejemplo), pero fue en 1911, con la presentación de El Tenorio Maderista --en la que los actores imitaban a Francisco I. Madero, al general Bernardo Reyes y a otras figuras de la Revolución Mexicana--, que se hizo característico encontrar versiones del Tenorio vinculadas a personajes reconocibles por todos los espectadores: algunos títulos elocuentes de esta tradición han sido el Tenorio electoral (1914), el Tenorio bracero (1947), el Tenorio feminista (1953) o, más recientemente, Don Fox Tenorio (2002).
     Como otras obras, el Tenorio se puede representar de distintas formas: mientras algunos la hacen al estilo clásico, es decir, con trajes del siglo XVII y el verso, declamado muy acentuadamente, otros buscan el trasfondo cómico de este melodrama, o bien experimentan cambiando la época y el estilo de representación. Poner en escena Don Juan Tenorio puede resultar una experiencia divertida e interesante para cualquier grupo, sean profesionales o aficionados; sobre todo porque todos tenemos una idea particular de esta historia, según como la hayamos conocido.
     El proceso comienza siempre por ponerse de acuerdo en la idea que se tiene de la obra y por hacer las divisiones de trabajo que permitan cumplir con todas las necesidades de la representación. Pero ese es sólo el principio… Si les parece, vamos a dejar que el propio Don Juan nos conduzca por las tripas del teatro y nos haga experimentar cada paso que se da para representarlo. Para ser más explícito, don Juan ha elegido una experiencia muy particular realizada hace poco por la Compañía Nacional de Teatro, la compañía oficial del Estado, y estrenada en el recinto más importante de nuestro país: el Palacio de Bellas Artes. ¿Lo conoces? Entonces vamos a pedirle a Don Juan que comience por allí. 
Foto: José Jorge Carreón
Suena el teléfono 
Yo, don Juan Tenorio, nativo de Sevilla, pero avecindado tiempo atrás en estas tierras, me desperté aquella mañana de junio con el repiquetear del celular. Del otro lado estaba un productor teatral: el famoso señor Singer, quien gruñó que mis vacaciones habían terminado y era hora de trabajar.
     - ¿Cuál es el proyecto?-, le pregunté.
Estrenas el primero de noviembre en el Palacio-, respondió.
     La propuesta no sonaba mal, es verdad, pero ya conozco esos proyectos en los que te prometen el cielo y las estrellas, y después, nada; así que traté de sacar más información: ¿quién era el director? ,¿cuándo ensayaríamos?, ¿cuánto me iban a pagar?. Una vez que respondió a todas mis dudas, hicimos una cita en el propio Palacio de Bellas Artes.
     Llegué al teatro en metro; por supuesto que iba vestido de civil para que nadie me reconociera. Al mirar de frente el Palacio con su fachada de mármol blanco, sus esculturas italianas y su colosal trabajo de herrería, se me enchinó la piel como hace tiempo no me ocurría. Di un largo suspiro y entré, pero inmediatamente tuve que explicar a un portero el motivo de mi visita. Después que me dejó entrar decidí que, antes de llegar a la cita, me perdería un rato por los pasillos del teatro.
     El interior del Palacio es igual de sorprendente que su fachada, con sus murales, sus museos, sus decorados art deco; y la sala teatral, con más de 2 mil butacas, resulta impresionante. Pero en lo que el Palacio resulta incomparable es en su escenario y su maquinaria teatral: su cortina metálica, sus varas contrapesadas, sus pasos de gato y sus poleas voladoras pueden hacer que te sientas en el lugar que tu imaginación dicte. ¡Cuántas noches de aplauso no he tenido aquí!, rememoré en esos momentos; “y allá vamos una vez más”. De pronto me entró gran ansiedad por conocer quién interpretaría mi papel. “Vamos”, pensé, “tengo que conocer lo que van a hacer conmigo en esta puesta en escena. Y así me dirigí a la reunión.
Don Juan en la morgue (Foto: J.J. Carreón)
Primera junta de producción



Me estaban esperando en torno a una gran mesa, todos con su libreto abierto en la primera página. Allí estaban los encargados de llevar a cabo cada una de las tareas de la puesta en escena: el productor, que es el responsable de conseguir todo lo que se va a usar en la obra, así como establecer los calendarios de ensayo y de las funciones; el escenógrafo, que diseña y coordina la construcción de los “lugares” donde se desarrolla la historia; el vestuarista, que diseña y realiza los trajes de los personajes; el coreógrafo, encargado de poner los pasos de baile, si son necesarios, y de coordinar el trabajo corporal de los actores; el director, quien coordina el trabajo de todos los artistas o técnicos y toma las decisiones más importantes en torno al estilo de la puesta en escena; y, por supuesto, los actores, que en el caso de esta obra eran 20.



     Lo primero que hice (obviamente) fue buscar a quien me representaría a mí, un tal Bernal, que me dejó satisfecho por su recia galanura, aunque fuera más bajito de lo que lo había imaginado. Después volví los ojos (más obviamente) hacia las actrices de la compañía, todas hermosas muchachas con las que tendría la oportunidad de ratificar mi bien ganada fama de casanova…, perdón; de don Juan. 





     La primera reunión de trabajo es prácticamente la única en la que está presente toda la compañía, porque en ella el productor y el director explican en qué consiste la obra y las ideas que tienen para hacerla; después el trabajo se dividirá básicamente en dos equipos; por un lado trabajarán los encargados de diseñar la escenografía, el vestuario o la música, y, por otro, el director con los actores; así, mientras unos ensayan y ensayan y ensayan, los otros se encargan de realizar todo aquello que “viste” a la obra.



     Al separarnos todos, luego de esa primera reunión, los actores se fueron a memorizar sus parlamentos, y yo los seguí, sobre todo porque quería realizar mi primer lance con la actriz que hacía a doña Ana, a quien había descubierto lanzándome miradas furtivas.  ¿cómo creen que me fue?
Foto: José Jorge Carreón
Analizamos la obra
     Después de dos semanas de ensayos seguíamos desmenuzando la obra en el trabajo de mesa y yo no había conseguido ni una cita con doña Ana, así que decidí enfocar mis baterías a la actriz que interpretaba a su mucama. Quizás sería más fácil comenzar con ella y después con su patrona.
     En cuanto a la obra, el análisis se hacía escena por escena y personaje por personaje. No saben las cosas que el director y los actores y actrices dijeron de mí: que si era un inmaduro, un irresponsable, un seductor incontrolable, que no tenía el menor respeto por la moral, etcétera. Yo hubiera retado a alguien a duelo si no fuera porque también hablaron así de los demás personajes: del comendador y su paternidad estricta, pues tenía a su hija encerrada en un convento; de doña Inés, que había caído demasiado rápido en mis redes (aunque en los ensayos no había manera de que su intérprete, la srita. Gajá, me volteara a ver). Y así de cada uno de los personajes. Este análisis es importante porque mientras más se conoce a los personajes y más se discute sobre su forma de actuar, más fácil será interpretarlos.
Adaptador y director (Foto: J.J. Carreón)



Otra parte importante al analizar la obra fue considerar su ubicación temporal y geográfica, pues aquí surgió uno de los cambios más relevantes de esta puesta en escena. Todos sabemos que Don Juan vive en Sevilla, España, durante el siglo XVII; sin embargo, el director y el adaptador decidieron que trasladarían la historia al siglo XIX, tal como en México se imaginaban a los españoles de esa época. De esta forma, opinaban, se recrearía en escena el contexto social de México durante el periodo de Maximiliano y Carlota, quienes por cierto habían creado la primera Compañía de Teatro Nacional y la habían inaugurado, of course, con su seguro servidor, en versión y dirección del gran Zorrilla.  Eso obligaba a las diseñadoras de vestuario, las hermanas Figueroa, a quitarme mis tradicionales bombachos y, en cambio, a vestirme con traje y sombrero de copa.
     Lo curioso es que al trasladar la historia el adaptador había tenido que cambiar los versos para eliminar los españolismos más característicos (el “vos” y el “habéis”). ¿Quieren ver un ejemplo de cómo fueron los cambios? 




¿Cómo la escuchas? Este es sólo un ejemplo de los cambios que puede tener una obra cuando desde los primeros ensayos se tiene una idea precisa de lo que se desea mostrar en escena. Pero sigamos adelante.
Martín Acosta y el elenco de la CNT (Foto: J.J. Carreón)
Los ensayos
A pesar de que los actores ya habían memorizado y comenzaban a ensayar las escenas con el coreógrafo, ni doña Ana ni la mucama (que resultó ser novia del productor), me habían concedido ni siquiera un beso. Entonces tuve que decidir por la empresa más arriesgada: ir en pos de doña Inés.
     Pero en ese momento ella estaba demasiado preocupada por ensayar una escena del final cuando, ya muerta, baja de las alturas como una figura angelical para pedirle a su Don Juan que se arrepienta antes de morir, pues esa será la única  manera que tendrán de reencontrarse en el más allá. No imaginan ustedes lo complicado que era hacer esta escena porque la actriz debía subir a una polea voladora que la mantendría flotando a cinco o seis metros de altura. Hasta yo sentía vértigo de mirar a Doña Inés sujetarse temerosa a la polea, a pesar de estar bien amarrada a un arnés de cintura que, mediante llaves de seguridad similares a las de los alpinistas,  le permitía volar sin correr ningún riesgo.
Mariana Gajá y Juan Manuel Bernal (Foto: J.J. Carreón)



Este es sólo uno de los muchos efectos teatrales que se pueden realizar en una obra, siempre y cuando existan las condiciones adecuadas, así como la planeación y los ensayos suficientes. Los actores deben aprender algunos trucos mostrados por profesionales para realizarlos en escena como si fueran expertos. También deben ensayar bailes y canciones una y otra vez hasta mostrar toda su destreza en escena.
     Recuerdo precisamente uno de los trucos más espectaculares de este montaje: es en la escena final: yo he soltado mi último aliento y, al ser cubierto por la manta mortuoria, comienzo a elevarme lentamente de la mesa y me mantengo flotando a dos metros de altura. Entonces, uno de los actores le prende fuego a la manta con una antorcha y mi cuerpo parece abrasado por las llamas; sin embargo, en un rápido movimiento, otro actor arranca de un jalón la manta en llamas y el público descubre que Don Juan se ha esfumado. Telón final, aplausos y bravos.
     Sin embargo, lograr el truco requirió numerosos ensayos con la asesoría de un mago. No les voy a revelar cómo lo hacíamos porque eso va contra la ética de la magia, pero sí les comentaré que fue una de las acciones más complicadas de la obra, y eso que también tuvimos que ensayar cantos marciales, duelos con espadas, caídas y, por supuesto, los diálogos, que se deben decir una y otra vez hasta encontrar la voz, el volumen y la emoción precisa. Y así llegamos a octubre; nos quedaba menos de un mes para estrenar y para enamorar a alguien, a una, a la que fuera.
Mariana Gajá. (Foto: Carlos Somonte)
Ensayos técnicos y generales
Cuando comenzó a correr la cuenta regresiva tuvimos que hacer una junta para calendarizar los últimos ensayos; en ellos debía privar la mayor concentración del equipo para que todo funcionara como una maquinita. Sólo por esa razón me cancelaron todas las citas románticas que había conseguido con la coreógrafa, la vestuarista y hasta con la maquillista; estaban todas tan ocupadas terminando sus tareas que, según me decían, no tenían ni un minuto para andar besuqueándose con un desconocido, por más guapo que estuviera.
     No tuve más remedio que sentarme en las butacas del teatro a mirar cómo cada día iba llegando un elemento nuevo; un día, por ejemplo, los actores interrumpieron el ensayo porque acababan de traerles los trajes que cada uno usaría. No saben lo divertido y emocionante que es mirar a un actor cuando se está probando su vestuario por primera vez; es como si para ellos fuera la prueba final de que se están convirtiendo en otra persona.
     Y así como llegaron los trajes, se fue colocando la escenografía, lo que obligó a que nos fuéramos a ensayar a otro salón, porque con los martillazos y el olor a pintura es imposible actuar. Sin embargo, cuando regresamos al escenario y vimos cómo el señor Luna, un escenógrafo al que quién sabe por qué todas le llamaban “suegro”, había levantado toda una construcción que con mínimos cambios de luz y mobiliario simulaba una taberna, una calle, un convento, una finca y una clínica forense,  todos sentimos que la piel se nos hacía chinita.    
Foto: José Jorge Carreón



Después vinieron las luces y la música, pero, lejos de ayudar, todo se volvía cada vez más complicado y caótico porque cada uno de los elementos tenía que sincronizarse para que los cambios fueran imperceptibles. Ese es el momento más delicado del proceso; todos están de mal humor porque creen que la obra va a salir mal y que a nadie le va a gustar. Por eso creo que fue pésimo elegir ese momento para intentar nuevamente con doña Inés; de plano me dijo que no la molestara más; que por mi culpa estaba a punto de romperse la crisma desde cinco metros de altura. Como si yo la hubiera llamado a esta obra que comenzaba a odiar.
     Sin embargo, siempre hay un momento en que sucede la magia: cada uno está en lo suyo y, de pronto, ¡tras!, las cosas embonan y aquello que parecía de cartón cobra vida. Sólo por ese momento aguantamos los malos humores de los demás. Además, es ahí cuando descubrimos que estamos listos para el público.
Foto: José Jorge Carreón
Las funciones
Y finalmente llegó el día. Cinco meses después de iniciado el trabajo, la sala estaba llena de curiosos, entre amigos y desconocidos, y nosotros muertos de miedo porque se había dado la primera llamada. El maestro Acosta, director de la obra, nos reunió a todos en el escenario (el telón estaba cerrado); hizo que nos tomáramos de las manos en una gran rueda y nos dirigió algunas palabras para darnos seguridad y brindarnos su solidaridad. Ya no había marcha atrás, en cuanto se abriera el telón nosotros tendríamos que sacar la función adelante, pasara lo que pasara.
     Yo, la verdad, me sentía desconsolado; en cinco meses no había logrado que ninguna de las muchachas se fijara en mí seriamente y casi pensaba en abandonar la empresa. Pero ocurrió algo que no había imaginado: mientras estábamos tomados de las manos y gritábamos el tradicional “¡Mierda!” (aunque no lo crean, es la palabra que en todo el mundo y en todos los idomas gritan los actores antes de iniciar la obra); decía que cuando estábamos en círculo, sentí la mano firme y cálida de la actriz que hacía a la madre abadesa, y después encontré sus ojos que me miraban, luminosos; cuando nos separamos para tomar cada quien su puesto, ella se acercó todavía más y me dijo al oído algo que nos veríamos al final de la función. Dios mío, es la única mujer en la que no había reparado, y ahora podía encontrarme con ella a la salida.
     Así, pues, la función podía comenzar porque en escena había dos seres enamorados que transmitirían su pasión al público.
Mariana Giménez y Juan Manuel Bernal. (Foto: J.J. Carreón)
Lo que pasó al final no se los puedo contar, porque la emoción de presenciar una obra de teatro no se puede transmitir ni comunicar de ninguna manera, sólo se puede vivir en el momento que dura la representación. Pero lo cierto es que hubo muchos aplausos; también hubo gente a la que no le gustó, pero eso siempre ocurre, el gusto se rompe en géneros. Y todos nos dimos un abrazo y nos fuimos a quitar el maquillaje y los trajes, y los guardamos para la siguiente función.
     Y así, función tras función la obra iba siendo cada vez más precisa, pero cada vez diferente, porque una obra no es igual de un día a otro. Siempre hay alguien que hace algo distinto y la obra se enriquece. Así, decía, transcurrió la temporada, hasta que no quedó más remedio que concluir y despedirnos todos. Yo me fui a casa a descansar, satisfecho una vez más, pero ansioso de que trabscurriera otro año y volviera a sonar el teléfono. ¿Qué clase de Don Juan sería entonces? El que sea, ya veremos, esa será en todo caso, otra temporada y otra historia.