2/10/12

Prólogo a "Un momento argentino" (2002)


Por Rafael Spregelburd
Fragmento [1]

[…] Ante la vorágine caótica de los últimos acontecimientos (hace una semana mi plácido barrio parecía una guerra civil), yo me pregunto: ¿qué relación puede haber entre el teatro y la defensa de los derechos humanos?

La vinculación entre ambos es tramposa, casi insoluble.

¿Qué relación puede haber entre "un tema", un tema de la realidad, y los procedimientos de fabricación de ficción teatral?

Buenos Aires posee, contra todo pronóstico, un teatro rico -tal vez el más singular en lengua castellana-, probablemente como hijo mestizo, un bastardo nacido de la tradición europea y el idealismo latinoamericano, o de la pobreza de recursos y la urgencia de las expresiones artísticas más viscerales. Este teatro (el que a mí me gusta, el que me ha empujado a esta profesión tan improbable) es un híbrido. Es un teatro paradójico que se basa, a mi entender, en la crisis de la representación. La crisis de la representación como medio de conocimiento de verdad. Esta crisis es, a mi entender, fruto del fracaso de nuestras democracias barretas y corruptas. La democracia supone que el pueblo gobierna para asimismo, a través de sus representantes. Pues el pacto representativo se ha roto. Toda representación entraña -a los ojos de los argentinos- una tácita vinculación con el Mal. No tenemos confianza en la representación y sus mecanismos, demandamos cada vez más ver la cosa en sí misma, la presentación de la cosa, y no su mediatización vergonzosamente deformante, estilizada o simbólica. O todo lo contrario: si se trata de ver una representación, así se trate del Shakespeare más auténtico, nuestros actores más valiosos se entrenan en poder mostrar simultáneamente al público aquello que se presenta, y al mismo tiempo la condición expresa del mecanismo representativo. Pero no de manera estilizada, o simbólica, como en los años de plomo de la dictadura, años en los que la única manera de expresar el descontento político y social era a través de símbolos que encriptaban un significado, pero que pudieran pasar el filtro de la censura militar. Hoy ya no ocurre así. Estos símbolos se han transformado en alegorías cerradas, sígnicas: en metáforas canceladas. El teatro más vivo, más interesante que se hace hoy en Buenos Aires (y que ha empezado a resultar tan apetitoso como exitoso a los ojos latinoamericanos como europeos, sobre todo a los alemanes) es un teatro que huye del símbolo como de la peste. Es un teatro que no encripta mensaje alguno. Es un teatro que asume los riesgos de la representación, delatando que el objeto representado bien podría estar vacío. Su "verdad" radica más en el procedimiento lúdico de construcción de sentidos a posteriori, que en la mostración de verdades conocidas a priori. Es un teatro letal, efectivo, y en la mayoría de los casos, muy cómico. La alianza con el humor es condición sine qua non del nuevo teatro. Nuestro sentido del humor es negro, veloz, mestizo, de una saludable imprecisión. Se necesita un complejo diccionario sociolingüístico para trasladar nuestras obras a España, por ejemplo, y que se lean bien[2].

Por esto la alianza entre un teatro vital y una defensa "responsable", militante, de los derechos humanos es casi imposible aquí.

Por motivos muy claros, los resultados de esa alianza no terminan de complacerme. Todos los argentinos "bienpensantes" no podemos sino adherir a los argumentos "responsables" esgrimidos alrededor de uno o dos temas sempiternos de nuestra vida política. Pero, lamentablemente, en mi opinión personal, el teatro, lo que yo entiendo por teatro, retrocede.

El teatro que pide permiso.

El teatro que no afirma, sino que pregunta.

El teatro incómodo.

El teatro que nos enfrenta a las cosas del mundo sin orientar su significación. O más aún: un teatro que crea otros mundos, que arroja pálidos pero reveladores reflejos sobre este. Un teatro independiente, un fenómeno autónomo, y contracultural, que desprecia el sentido común, que se aleja de la tarea didáctica de transmitir mensajes, como si los artistas fueran iluminados conocedores de la verdad y tuvieran la emisión de bajar esta verdad a un pueblo iletrado e ignorante...

No hago más que repasar en mi cabeza y encontrar que las obras más interesantes que han dado nuestros escenarios en estos últimos años de confusión, de caos cultural, y de depresión económica, son monstruos indomables, bizarros, de incierto comportamiento y de dudoso buen gusto. Esto hace que sea posible pensar en todos estos ejemplos que he dado como un mecanismo de conocimiento de lo que ocurre en nuestro país.

Pero como se ha visto, es un mecanismo no periodístico, siempre sujeto a la interpretación. Y la interpretación es privada. La interpretación es la más divertida de las formas que cobra la libertad.

En el caso de los derechos humanos, esta libertad desaparece.

No somos aún libres (y tal vez no lo seremos nunca) para trabajar con enunciados sobre lo real, sin poder ejercer sobre ellos el gesto despiadado, impredecible, del acto poético violento, que transforma las cosas en otras. Para escribir buen teatro hay que saber ocupar todos los puntos de vista mismo tiempo. Incluso el punto de vista del enemigo real.

Para escribir buen teatro hay que acostumbrarse a no hacer afirmaciones categóricas.

Tal como lo escuché decir un día a Javier Dualte: no se puede enseñar lo que es la libertad escribiendo una obra teatral sobre ello. Sólo se puede ser libre en el momento de escribir, y luego mostrarle a un pueblo ese acto de libertad, ejercido desde la locura, o el deseo.

Una obra (sea farsesca o trágica; seria, solemne, o vulgar y desaliñada) en la que quisiéramos voluntariamente agregar algo de luz, o levantar nuestra mano en favor de los derechos humanos, está condenada a aburrir seguramente a sus nobles espectadores.

El teatro es una actividad fatal, con una rara vida propia en la Historia.

El teatro no conoce de justicia.

Y sin embargo, es noble.
Un momento argentino
Tomado de: “Un momento argentino”, en Nuevo teatro argentino, compilación y prólogo de Jorge Dubatti. Interzona Editora S.A. Buenos Aires, 2003, pp. 141-148.


[1] Escrito a propósito de una encomienda del Royal Court Theatre, y de los devastadores hechos de depresión económica conocidos como el cacerolazo en Argentina, 2001.
[2] Normalmente, se leen mal. Es decir: fuera de contexto, se ve otra cosa. Pero no importa. Lo mismo nos ocurre a nosotros cuando vemos teatros de otras latitudes, sobre todo de Europa. La existencia de un teatro mestizo, contracultural, que se da en sitios tan  periféricos como Buenos Aires, los Balcanes, o la ex Unión Soviética, es una sana esperanza, creo yo, una garantía en contra de la tonta globalización mundial del teatro.