21/9/12

Esquirlas (1997)



Por: Cristóbal Peláez G.

Teatro Matacandelas de Colombia

Por / Sobre / Contra el actor, el teatro y algunos vicios nacionales

En el Teatro Matacandelas no existen los que podrían llamarse "actores profesionales" y rara vez tenemos actores invitados. Somos una pequeña manada que se ha asociado todo el tiempo para todos los espectáculos y para todas las representaciones. Esto ofrece sus evidentes limitaciones pero también muestra sus bondades.
Aún hoy cuando la entidad GRUPO es considerada obsoleta, podemos decir que nos ha funcionado a nuestra manera y ha permitido que esta asociación se convierta en una herramienta en la que 12 personas -digo personas, no actores- hagamos una cooperativa de cualidades para utilizar el teatro en provecho propio y público. Una asociación donde los problemas también se multiplican por 12, pero que así mismo nos plantea el difícil ejercicio de la tolerancia, de la diferencia, del error a compartir.
La naturaleza de lo humano que tiende a la sociabilidad y a la insociabilidad de manera simultánea y alternada se manifiesta en ese modesto Grupo a plenitud.
No somos una microscópica sociedad de ángeles, somos in vitro también la sociedad humana, todavía más cuando nuestras jornadas de trabajo alcanzan a veces hasta las 12 horas diarias. La convivencia, se llama igual matrimonio o grupo, es la tumba del respeto y la amistad. Comprendiendo esto hemos llegado a tolerarnos e incluso hasta a querernos, pues sabemos que "afuera" la cosa es peor.
Hemos empujado esta asociación durante estos difíciles y hermosos dieciocho años porque hemos comprendido que la exploración estética y actoral ofrece sus ventajas con personas que llevan tiempo de conocerse entre si.
Si alguien afirma que lo más emocionante y fructífero es trabajar cada vez con un equipo nuevo y nuevos rostros no estamos dispuestos a contradecirlo. No estamos hechos para defender ni proponer verdades. Para estar en el mundo hemos elegido libre, voluntaria y gozosamente el arte del teatro. Compartirlo con un público, por reducido que sea, es el placer de una expresión, de una comunicación. Para el actor es el placer de una histeria, de una hipersensibilidad: placer de heteronimia y prostitución, (multiplicidad) fenómenos que no son exclusivos del actor, pero que en él se encuentran más latentes, quizá más auto-reconocidos.
No somos tampoco una asociación inmóvil. Nuestra configuración cambia con las deserciones y los ingresos. Se requiere una alta dosis de espíritu romántico, quizás de insensatez, para querer optar por ser socio de una aventura en continua zozobra. Por eso no somos una opción para actores profesionales, para egresados que andan buscando una estabilidad artística y laboral. Las decenas de egresados de escuelas que se acercan huyen despavoridos cuando se enteran de nuestra realidad interior: un falansterio, una secta de ilusos y utópicos, una asociación de débiles y pobres, que hemos querido escapar -el Matacandelas es una frágil balsa- a todo aquello para lo cual estábamos destinados: fábricas, comercio, talleres, burocracia, cotidianidad, fuerza de trabajo.
Contra un destino trazado nos hemos rebelado. He ahí porque nuestros actores y actrices no lo sean en el sentido tradicional, he ahí el por qué de nuestra composición social interna.
He ahí el por qué hemos renunciado como grupo a la vanidad de la redención externa, a "salvar el teatro nacional", a emitir conceptos y teorizaciones que muestren "un camino" y "verdades estéticas". Nuestra única realidad es el teatro que hemos practicado con pasión, con orgullosa humildad, con mística voluntad de compartirlo socialmente. Es obra en marcha, práctica sujeta a verificación, a revisión. Teatro como escenario de la interrogación y la duda.
Las limitaciones actorales dentro de los grupos no nos son desconocidas: exceso de práctica, deficiencia teórica, puesto que los continuos cambios de configuración hacen de hecho imposible una formación en orden, en escuadra. La urgencia productiva nos otorga cierta naturaleza de circo o de batalla: aprender viendo, aprender a disparar en el curso mismo de la guerra. Otro peligro: al cabo de cierto tiempo un actor de grupo se encierra en modos anquilosados, en un estilo: funciona "amaestrado", se repite una y otra vez en sus personajes y a menudo en todas las obras es el mismo personaje: una misma voz, unos mismos movimientos que sólo cambian de disfraz. Sobre todo porque la madurez actoral está asociada con un gran manejo técnico del escenario donde el actor se niega - hasta inconscientemente- a ser otro, a representar, y sólo quiere ser él mismo, con su gran figura. Teme no ser reconocido por su público. Cuando se les consiente demasiado adoptan poses de vedette.
Después de los 20 años -ésta es una observación empírica y simple, exterior- nuestros grupos teatrales tienen un aire de cansancio, lucen desgastados por el ejercicio de un oficio endemoniadamente difícil. El actor ha fatigado sus mejores años y funciona en la escena con "el piloto automático", ha terminado por convencerse de que acaso malgastó sus años en divertir a una galería que lo olvida con facilidad. ¿Hay una realidad más triste para el actor que el Canto del Cisne de Chejov?
Este drama del actor se acentúa cuando nuestros actores terminan por reconocer internamente su fracaso: falta de oportunidades, anonimato (el anonimato es ya una tragedia para un exhibicionista).
La lucha por conservar y acrecentar una Pasión y una Ética, es actualmente un duelo a muerte. La madurez representa sencillamente la pérdida de la inocencia.
La joven historia del teatro colombiano es la historia de una curva asustadora: cúspide y caída brutal. ¿Dónde están los alegres jóvenes saltarines que trepaban eufóricos a un escenario "por nada"? ¿Dónde están esos alegres rostros que soportaban la noche, la fatiga, los interminables ensayos? Hoy somos "maestros respetables", cómodos burgueses o arrugados funcionarios que nos movemos entre universidad y universidad, enseñamos lo que desconocemos y damos consejos prácticos a los jóvenes, es decir, estamos muertos.
Nos hemos insertado solapadamente en el curso normal de los acontecimientos, hemos tardado muchos años en descubrir que el sistema no es del todo invivible, hemos terminado por parecernos a y pensar como nuestros padres, a quienes justamente en rebeldía les reprochábamos el ser inconsecuentes y acabados, porque conflictuaban nuestra vocación teatral que imaginábamos una isla de fantasía, aparte de los prejuicios y la estupidez social.
Los románticos de ayer reprochamos el romanticismo de los jóvenes. Queríamos "cambiar la vida", pero fue la vida la que nos cambió a nosotros. Deplorablemente.
Como Baudelaire que no veía más valores que en el profeta, el guerrero y el poeta -"lo demás está hecho para el látigo"- hemos de pensar que el público empezó a abandonar las salas de teatro, entre otras razones, porque su profeta-guerrero-poeta, -el actor-, ha sido económicamente obligado por la sociedad al rebusque, está obligado a venderle su voz y su imagen a la publicidad para ayudarle a los comerciantes a vender sus chucherías. En contraposición los comerciantes nunca nos han ayudado en la promoción del teatro.
Así las cosas miramos con verdadero horror el futuro, la clase de cadáver que seremos, puesto que la descomposición ya ha comenzado.
Contra ese espectro hemos, desde hace rato, emprendido en el Teatro Matacandelas una dolorosa guerra contra nosotros mismos, para no sucumbir en el letargo, para "morir con lucidez".
Los puntos que transcribo a continuación son destellos apenas de prolongadas conversaciones y constituyen pensamientos y propósitos que bien podrían parecer un Credo. Pero qué va.
Encadenarnos al mástil como Ulises y tapar nuestros oídos con cera para no oír el canto de las sirenas (aplausos, éxitos, balandronadas, importancia, prestigio, fama y las mil y unas formas con las cuales la jauría social construye sus mediocres).
No ir en contravía de nada. Siempre nos volvemos aquello contra lo cual desperdiciamos nuestras mejores fuerzas.
Disciplina, trabajo, entusiasmo.
Desorden de los sentidos.
Estremecimiento.
Heterodoxia.
Odiar al sistema social como a nosotros mismos.
En lugar de escándalo, esencialidad.
Culto permanente por nuestros mayores: Poe, Rimbaud, Baudelaire, Flaubert, Andrés Caicedo, Silva, Shakespeare, Ibsen, Esquilo, Beckett, Maeterlinck, Pérec, Pessoa, Pavese, Joyce, Kafka, Buñuel, Schopenhauer, Platón, Hitchcock, Freud, Marx, Fernando González, Zuleta ...
Nunca dejar de ser niños.
Desconfiar de directores, gerentes, policías, banqueros y comerciantes.
No quejarnos por la elección de nuestro oficio, pues la práctica del teatro es hermosa y gratificante. Hace este mundo vivible.
El Estado colombiano es inferior a nuestra dignidad moral y espiritual.
No adaptación al curso normal de los acontecimientos.
Nuestra guerra es con nosotros mismos, contra nuestra propia adaptabilidad,
El Teatro Matacandelas es un teatro pequeño, ínfimo, íntimo, para un reducido público. A las muchedumbres es imposible dirigirse.
La publicidad es una práctica infame.
El hombre más fuerte del mundo es el que está sólo (Ibsen).
"Ser sublimes sin interrupción" (Baudelaire).
El teatro no se resiente, impugna.
Las enfermedades actorales, poses, extroversión y pedantería, deben ser contrarrestadas por el silencio, la reflexión y el ejercicio escénico diario.
El contacto frecuente con el público infantil purifica.
No descreer del fracaso.
El teatro es hermoso por lo inútil.
El arte, cualquiera que sea su expresión, tiene un momento pleno; intangible e indefinible: la poesía.
Azotar diariamente al burócrata que llevamos dentro.
Una finalidad de la vida, suponiendo que la tenga: El Juego.
Para Matacandelas es tan importante una representación en Londres como una representación en un barrio de Medellín.
"Aviso a los no-comunistas: todo es común, incluso Dios" (Baudelaire).
Está muy bien que nos muramos - morir con lucidez- para que lentamente vayan desapareciendo las viejas ideas, las obsesiones irracionales y los prejuicios éticos. Lo nuevo irá apareciendo lenta y magníficamente sobre nuestros cadáveres. Así será, así debe de ser.
El mundo ha cambiado, ya el hombre no es el centro del universo ni de la creación, ya no es la medida de todas las cosas y el mal estilo es el hombre. Es una criatura enemistada con la totalidad. El arte trata de justificarlo. Es nuestra ilusión.
Un Hamlet, una fuga de Bach, las pinturas del Bosco, acaso compensen el paso de esta horrorosa criatura sobre la tierra.
El comercio es una práctica delincuente.
El país no puede vivir sin poesía, como los chanchos.
Un exceso de realidad nos destruye. El actor trata de escapar a ese exceso.
Su grito de combate es el mismo de Blanche en Un tranvía… de Williams: "No quiero realismo, quiero magia".
En cualquier parte se puede aprender el arte del teatro, donde menos en un escenario.
La desgracia de muchos actores proviene de que han elegido un oficio pensando que pueden parecerse a los burgueses. Como son hijos de comerciantes quieren parecerse a sus padres.
Hay demasiada Zona Rosa en nuestros actores, demasiado bohemismo de papel maché. Su actuación también es rosa, su intención estética es rosa, su vida es rosa, ni blanca ni roja: la medianía.
Hay directores que escalan poniendo su suela en las cabezas de los actores.
Las "hojas de vida" son expedientes necrológicos.
A nuestros actores se les niega el status de artista, pues ya no se parece al escultor, ni al pintor, ni al novelista. Es artista, pero desconfía de sí mismo con desprecio. Está ya más cerca del perifoneador de pasaje comercial que del arte.
Hay dos clases de seres humanos: Los exhibicionistas y los vouyeristas. El exhibicionismo del actor es de naturaleza. Un arduo trabajo contra sí mismo debe indicarle la mesura y el recato.
En las Escuelas de Teatro se debe contemplar la idea de retomar el zurriago, como elemento pedagógico.
Al aspirante a actor se le debe azotar para matarle el bandido que lleva adentro.
Nuestros actores leen poco y estudian poco el entorno porque creen que todo lo tienen dentro. Extraño para una criatura que ha escogido un oficio donde se es lo otro.
Es cierto que al Estado, a nuestros dueños, ya no les interesa el control de ciertas esferas sociales, por ejemplo la Universidad, pero por nada del mundo perderían el control de la Televisión. Esto deben saberlo los actores que aspiran a vender allí sus encantos.
Una escuela de teatro debería prohibir el primer año el ingreso a profesores de teatro. Allí el nuevo alumno estaría orientado por astrónomos, militares, biólogos, sicólogos, cocineros, aventureros, ex presidiarios, albañiles, marineros, guerrilleros, pintores, artesanos, y sobre todo por novelistas. En un segundo nivel sólo música y arquitectura.
Dadme un aprendiz de músico y al cabo de un tiempo os entregaré dos: Un músico y un actor.
Todos los días, como una oración, antes, en medio y al terminar cada sesión sería obligatoria la lectura de la buena poesía y de la buena prosa.
Toda la tarea en la formación de un actor consiste en ayudarlo a convertirse en un ANIMAL de la escena, es decir, que viva con el DIABLO adentro. De ahí que el maestro es un instigador, un provocador, un indisciplinador.
El nombre de todo actor es LEGION ("Mi nombre es Legión, somos muchos").
Hay profesores teatrales que tienen fisonomía y ademanes de notario.
Hay alumnos que suspiran por el cargo del profesor. No quieren formarse, quieren quitarle el puesto.
Algunos actores piensan con estupidez que su ejercicio de actor es una etapa inferior a la dirección escénica.
Más que verdaderos directores de escena lo que abunda en el país son los líderes, caudillos del entusiasmo.
Más que verdaderos actores lo que abunda son los espectadores agitados por el teatro.
Aplicable a muchos grupos: "Ah, qué bueno sería que desaparecieran todos los grupos de calidad para que el único grupo bueno sea el mío".
En nuestros grupos también se usan las mañas de los mercaderes: las rebatiñas desesperadas por el cliente. Si la poesía como práctica diaria no me estremece, entonces ¿a qué?
Amonestación a las gentes de teatro: Se suele pensar que poesía "es todo aquello que se escribe de para abajo". La poesía no es necesario escribirla. De Rilke se dice que hacía poesía incluso cuando se lavaba las manos.
En nuestras Escuelas y en nuestros Grupos hay tufo a entidad comercial. Huele a centro comercial.
Estamos imbuidos por el ansia de novedad. Hay que ser novedosamente anticuado, hasta prehistóricos. "Los griegos son mis contemporáneos" (Borges).
A los integrantes del Teatro Matacandelas se les acusa de dos cosas: Demasiado estáticos en su actuación y demasiado pálidos. Lo estático es un trasunto, una higiene coyuntural contra la epilepsia móvil que ha invadido el país. La palidez es el resultado del trabajo, del encerramiento. También puede haber cierto aire de melancolía: el mundo nos agobia, nos duele.
Habría una tercera instancia para señalar, "gente demasiado apartada". El ambiente gremial, cualquiera que sea el gremio, es detestable.
Si la calidad de muchos de nuestros actores y grupos se midiera por la intensidad se sus "rumbas", estaríamos haciendo el mejor teatro del mundo.
No se pueden enseñar emociones, ni sentimientos. Pero se puede pelear por transmitir autenticidad, sinceridad, honestidad, vértigo. Digo, se puede pelear.
Se puede ser actor todo el tiempo, hasta el día en que nos damos cuenta que somos aptos sólo para otros oficios.
Las concertaciones económicas con el Estado son necesarias, aunque peligrosas. Ellas han significado oxigeno económico. Pero por paradoja en esa misma medida ha decrecido la pasión por el oficio.
Las concertaciones económicas con el Estado también pueden crear un pequeño ejército de mantenidos. Que Dios me perdone lo que acabo de escribir.
El Estado debería crear un Cuerpo Especial de Policía de Concertación. Llevarían máscaras y porras y aplicarían en algunos casos trabajos forzados (hay mucho campo sin arar).
Las concertaciones con el Estado de algún modo nos alivian el fardo de la penuria, pero al mismo tiempo nos ponen rostro de mendigos.
Aviso a los funcionarios del Estado: cuando se trata de dineros de concertación ustedes no tienen la misma enjundia que ponen para reclamar sus sueldos.
El teatro tiene un gran drenaje en lo femenino. Ya es casi imposible ver una mujer hermosa en nuestros escenarios. Todas están haciendo casting.
Los actores de televisión una y otra vez declaran infatigablemente que lo suyo es el teatro. Viven en constante estado de culpa y disculpa con la escena viva. Tienen un aire cansado, triste, satisfecho, pedante. Pocos llevan el valor y la autenticidad en el rostro. Pocos, qué digo, no, ninguno.
Nuestra fuerza proviene de un hecho simple: nuestra ambición siempre ha sido hacer teatro, y lo estamos haciendo. Así sea con tracción a sangre.
Al actor lo mata el carecer de la fuerza del solitario.
Nuestra alma pide representación. Teatro le damos. No es más.
La sola correspondencia de Flaubert, bien estudiada y aplicada, es un verdadero Organón para cualquier arte, para cualquier oficio estético. Supera el brechtianismo.
Si Flaubert hubiera dispuesto de teléfono y fax no tendríamos hoy este maravilloso método.
Hay grupos que llevan hasta 20 años haciendo mal teatro convencidos de que el del mal gusto es el público. A eso se llama morir con las botas puestas.
No tendremos un gran teatro hasta que no hayamos superado lo fársico y alcanzado el drama. Válido también para dramaturgos.
Para actores y directores: vivir a sacudidas, por descargas.
Al actor y al director les falta la serenidad y la paciencia del escritor: es decir, del verdadero artista.
También deberíamos procurarnos una lista intima de personas y comportamientos detestables en el teatro. Publicable dentro de 50 años.
El teatro no es una hermandad. La discusión y el odio también nos hacen crecer.
Actor: refinamiento, personalidad escurridiza. Carece de forma, porque allí se anida la humanidad.
Para el actor, para el director: La residencia de Dios es el detalle.
Para el actor, para el director: La residencia de la profundidad es la superficie.
Un buen actor, por paradoja, debe mantener cierto desprecio por su público.
El director debe montar su espectáculo para él solo, el público viene de último.
En el Teatro Matacandelas un texto se escoge y se hace pensando en el gusto de sus actores, para sus fisonomías, para su concepción de la realidad, para sus alcances. No hay un criterio trazado de antemano. Se trata de sucumbir ante determinado texto que aparece de repente como una iluminación para nuestra preocupación existencial.
El Teatro Matacandelas goza de buen público desde que dejamos de trabajar para él.
Nuestros actores, los colombianos, con unas excepciones muy raras, no saben de recitado. Remarcan demasiado la "s" y prolongan insoportablemente la vocal finaaaal. Algunos, muchos, hablan con un temblor extraño. Como si estuvieran copulando. Sobre todo las actrices.
A propósito de cópulas. El olor a sexismo ha invadido toda la escena colombiana, la dramaturgia, los modos de actuación. La represión se toma las tablas. Orinar, excretar, copular, orar y comer son actos de la intimidad. La poesía es como el acto del amor, a puerta cerrada y sin testigos, como le gustaba a Bretón.
Ciertos asuntos obligan a la metáfora y a la metonimia.
Y al decoro. Leer a Lessing.
Los grandes maestros del arte lo son por el manejo de la metonimia.
"El cine nos muestra al hombre que corre, nosotros lo queremos inmóvil, que es cuando piensa" (Ramón Vinyes).
Hay algo de aberrante y horrible en el oficio del actor: necesita un público.
La pregunta no es qué tipo de actuación, qué tipo de teatro requiere el público, la pregunta es a qué tipo de actuación a qué tipo de teatro lo obligo.
No tener miedo a quedarnos solos.
El público es una abstracción.
¿Pero, hay algo más triste que la taquilla?
El teatro - se lo oí a Santiago García- debería ser gratuito, como la educación, como los museos, como los parques.
El teatralismo, la enfermedad infantil del teatro, consiste, entre otras cosas, en hablar como en el teatro, comportarse como actores, hacer teatro como hemos visto en el teatro. Casi todo el teatro que veo es como un remedo del teatro que veo.
El arte de la actuación no conoce un solo camino. El joven que se aventura en el aprendizaje se afilia desde un principio a "una escuela" a "un estilo". Está indefenso ante una orientación.
No habría un ser humano que agotara todas las complejidades del arte del actor. Solo Satanás puede adquirir todas las apariencias, todas las formas del ser. O Proteo.
Desde mucho tiempo atrás la iglesia católica miró con malos ojos y condenó al actor porque consideraba que fingir ser "otro" en "otra" situación era EL MAL, una situación donde el ser humano, templo de espiritualidad celestial, desafiaba la UNICIDAD y LA INDIVISIBILIDAD. Esa conversión, esa transmutabilidad es un crimen contra natura. La iglesia tenía razón.
He trabajado con muchos actores, no habría uno que pudiera considerarse un ser humano "normal". Y el que lo es no es actor.
Los actores no buscan un director, buscan un padre. La orfandad es más frecuente de lo que creemos.
Consejo de Lao Tsé para cualquier artista: “La eternidad empieza en tus pies”.
El triste animal urbano que somos y a quien pocas cosas le ocurren - pues estamos ya lejos de lo épico-, ese consumidor que reparte sus días entre el cine, el supermercado y los insignificantes sobresaltitos cotidianos - a esto llamamos vida-, se hace actor para ponerle a su existencia DIOS Y MAQUINA para vivir otras épocas, otras situaciones, arrienda su Yo durante varias horas para ser otros, el Yo ideal. Porque la imaginación es un músculo que se divierte trabajando.
Todo lo escrito hasta aquí y lo que sigue no merece tomarse en cuenta, es lectura para el olvido. No constituyen dogmas. Todo está por verse. Ojalá no le sirva a nadie.

CUESTION DE HONOR.
Como en ciertas profesiones, debería existir un CODIGO DE HONOR TEATRAL que prohibiera:
Las truzas negras.
Los zapatos chinos.
Los tapa rabos.
Las bufandas.
Los personajes alegóricos ("la Violencia", "El Mundo", "La Naturaleza").
Las gafas negras.
Las gabardinas.
Las escuelas de teatro de prestigiosos actores de TV.
Las voces de locutor.
Los personajes maquillados mitad blanco, mitad negro.
Los mimos remedadores.
Los mimos con una lágrima pintada.
Los directores tenaces que hacen experimentos tenaces.
Las actrices de televisión que cuando el entrevistador les pregunta cómo estuvo la filmación, responden "Chévere, más que un equipo fuimos una familia".
Los cambios escenográficos con cortina musical y a media luz.
Los actores que salen a escena llevando la silla en donde se van a sentar.
Los actores que se retuercen mucho porque "sienten mucho".
Los textos llenos de lirismo (Ej: “OH, noche que te ciernes sobre mi carne trémula de amor, ven hacia mi, goza cual mariposa...”, etc.)
La invasión de textos incoherentes (Ej: “Te amo con amor odio, odio rencor, rencor rencor, miércoles, pesadilla amor, encuentro desencuentro...” etc., etc.).
Los festivales para pasarle chévere.
El vaginismo escénico.
Las cortinas musicales con temas de Carmina Burana.
Los personajes que salen por entre el público.
Los viejos temas de viejas maneras que incluyen un televisor y cuatro saltitos de danza-teatro para que la obra sea post-moderna.
La danza-teatro que nos muestra una actriz representando la soledad con rostro compungido, pega con su palma en el muslo y después en la frente y da un giro (¡Santo Dios! ¿Dónde dejé mi revolver?).
Los teatreros brasileños en festivales que hablan cantadito, y las muchachas que se derriten.
Los teatreros argentinos que ya inventaron todo (y los españoles).
Los grupos de teatro que han hecho tres saliditas al exterior y hablan de 40 giras internacionales.
Los grupos de teatro que hacen 30 funciones al año y hablan de 120.
Los grupos que anuncian su obra con el repetitivo "a petición del público".
Los actores que desertan a la doceava representación.
La gente de teatro muy creativa (pues no hay gente creativa, solo hay dos instancias: La disciplina y el trabajo).
La obviedad.
Los actores callejeros que instan al público a "derrotar las tristezas".
Dramatizar cuentos de Jairo Aníbal Niño.
El teatro como salvación social.
El actor que no se peina para salir a escena.
Los foros.
Los directores que salen a presentar su obra al público y hablan de "un proceso" de puesta en escena "complicado" y de "mucha investigación".
Los grupos que se arman y montan para llevar obras a festivales.
El tufo de los festivales.
Las rumbas de los festivales.
Los actores que consideran que el teatro es la antesala del cine o la televisión.
Los actores que creen que el público infantil es un público pueril.
Las obras infantiles con nubecitas y personajes tiernos.
Todas las obras de Darío Fo.
Las modas (Beckett, Müller, Kantor).
Los actores que se asustan si su espectáculo no agota boletería.
El teatro para complacer.
Los actores que piensan que no han alcanzado el éxito porque no han encontrado un buen director. Y viceversa.
Los personajes de duquesas, condes y marqueses.
Los que escudan su medianía en la falta de recursos.
Los tallerófagos.
Los que se eternizan en las zonas rosas montando "obras maestras".
Calificar de post-modernas las obras que no entendemos.
Creer que es post-moderna la falta de estructura dramática.
La falta de pudor.
Los grupos de teatro que retrasan o cancelan sus funciones por problemas técnicos (En un 99% es falta de oficio).
Los directores muy bravos.
Los directores que se las saben todas con decirlas.
Los directores con pose de director.
Los directores que ponen cara de directores.
Los directores que se sientan a mirar una escena, se llevan la mano a la mandíbula y miran muy concentrados con ojos de expertos.
Los ensayos con gritos de nerviosismo.
La histeria en los estrenos.
La famosa frase: "En tal obra la luz es un personaje más".
Tal Código de Honor podría impulsar en cambio cosas como:
La sobriedad.
El vacío.
El misterio.
El silencio.
El verbo como acción.
La quietud.
La metonimia.
El minimalismo.
La oscuridad.
Lo irregular.
La embriaguez de los sentidos.
Lo extraño.
La magia.
La hechicería.
El estremecimiento.
La patafísica.
Lo irreal.
Lo inverosímil.
Lo único.
La excepción.
Lo ambiguo.
Foto: Andrés Carmona 
En: Página web del grupo: www.matacabndelas.com