10/5/10

Ixtlixochitl (Escena eliminada)








c.a 1400; Los príncipes descansan en uno de los tradicionales baños de Texcoco, fumando todos de la misma pipa.

IXTLIXOCHITL:  Ahora cuéntanos tú, Tochitzin.
TOCHITZIN:         Qué cosa.
ZIHUACNAHUACATZIN:     No te hagas que ya lo sabemos.
IXTLIXOCHITL: ¿Por qué andabas el otro día rondando Xochimilco?
TOCHITZIN:        ¿Yo?
ZIHUAC...:           ¿Quién más?
IXTLIXOCHITL: No sería por Tochcuaye, ¿verdad?
YACANEX:         ¿Tochcuaye? ¿La princesa?
TOCHITZIN:      ¿La conoces, Yacanex?
YACANEX:        De niña.
ZIHUAC:            ¿Y está tan buena como dicen?
YACANEX:        Bueno, prometía.
IXTLIXOCHITL: (A Tochitzin) ¿Entonces?
TOCHITZIN:      Qué quieres que te diga.
IXTLIXOCHITL:Descríbela. Dinos si la leyenda le hace justicia.
TOCHITZIN:       Se van a morir de la envidia.
ZIHUAC:             ¿Ya te entendiste con ella?
TOCHITZIN:      No sé de qué hablan.
IXTLIXOCHITL: Ahora resulta que te nos vas a adelantar, infeliz.
YACANEX::       Quién te viera.
ZIHUAC:            ¿Por qué?
YACANEX:        Va a ser la boda del año.
ZIHUAC:             Pero sabes lo que se dice de Tochcuaye, ¿no?
TOCHITZIN:      ¿Qué?
IXTLIXOCHITL: No se lo digas, gordo.
YACANEX:         ¿Qué cosa?
ZIHUAC:             Que en las noches se convierte en axolote.
TOCHITZIN:       ¿En qué?
ZIHUAC:              Sí, una larva anfibia de cuatro patas.
YACANEX:         Aún así te la vas a llevar a Huexotla, ¿no?
TOCHITZIN:       ¿Cómo que en axolote?
IXTLIXOCHITL:¿Te da miedo?
ZIHUAC:              ¿Y dónde va a ser la boda?
TOCHITZIN:       Oigan, apenas la conocí hace siete días.
ZIHUAC:              Nos preocupa tu futuro, Tochitzin.
IXTLIXOCHITL:No te vemos muy decidido a sentar cabeza.
TOCHITZIN:       Ustedes que ya están güevones. Pero yo...
ZIHUAC:             Qué.
TOCHITZIN:      Tengo muchas cosas por conocer.
IXTLIXOCHITL:Qué raro, porque últimamente no te hemos visto por el calmécac.
TOCHITZIN:        Yo hablo de viajar.
ZIHUAC:             ¿Viajar? ¿A dónde?
TOCHITZIN:       No sé. A Tikal, o más lejos. Estoy seguro que más allá hay un mundo por descubrir.
ZIHUAC:             ¿Qué tonterías dices?
TOCHITZIN:      Un mundo de “hombres peludos”.
YACANEX:        (Quitándole la pipa) Esta cosa te está haciendo daño.
IXTLIXOCHITL: “¡Tochitzin, el explorador que reencontró a Quetzalcoatl!”
ZIHUAC:             ¡¡Y que le aterran los axolotes!”.
TOCHITZIN:      ¿Quién dijo que me aterran?
YACANEX:         Lo que quiere es huir de su obligación.
TOCHITZIN:       O alargar mi libertad.
ZIHUAC:              Pero a todos nos llega la hora, Tochitzin.
YACANEX:         Y cuando te llega no hay nada que hacer.
IXTLIXOCHITL:Sí, esto de nacer príncipe es un fastidio, ¿no?
YACANEX:         Depende. Yo, por ejemplo, ya convencí a mi padre que mi primera boda sea en los jardines del templo de Tláloc.
IXTLIXOCHITL:Qué bien. Ahora sólo te falta tener prometida, Yacanex.
YACANEX:          Minucias.


Un sirviente se acerca para decir algo al oído de Ixtlixochitl, quien se pone serio.

ZIHUAC:              Yo pienso hacer una fiesta de cinco días en las grutas de Cacahuamilpa.
YACANEX:         ¿En serio? ¿Y cómo vas a meter allí a los viejos?
ZIHUAC:             Ellos tendrán su fiesta en la primera cueva. Pero para quien se anime más adentro vamos a tener algunas sorpresas.
TOCHITZIN:      ¿Como cuales?
ZIHUAC:             Ya las verán. ¿Y tú, Ixtlixochitl?
IXTLIXOCHITL: (Levantándose para marcharse) A mí, compañeros, me llegó “la hora”.
 ZIHUAC:             ¿La hora?
IXTLIXOCHITL: De dar el sí.
TOCHITZIN:         Mi más sentido pésame.
YACANEX:          Sobre todo por los cuñaditos que te vas a cargar..
IXTLIXOCHITL: Bueno, no me pienso casar con ellos.
ZIHUAC:             ¿Y cuándo se cierra el asunto?
IXTLIXOCHITL:A eso voy, precisamente.
TOCHITZIN:       ¿Es cierto que Tecpa es mayor que tú?
IXTLIXOCHITL: Eso no es lo grave, amigo; sino que tiene chuecos los pies.
TOCHITZIN:       ¡Jodido!
IXTLIXOCHITL: Y de día y de noche es un monstruo marino.
ZIHUAC:              ¡Pero tiene una fortuna ...!
YACANEX:          Algo debía tener, ¿no?
IXTLIXOCHITL: No, amigos, ustedes no comprenden que lo mío es un sacrificio por el bien común. Cuando sus cosechas prosperen y no tengan que entregárselas a Azcapotzalco me lo van a agradecer.
ZIHUAC:              Gracias, hermano; nosotros te acompañamos en tu dolor.
IXTLIXOCHITL: Pero les advierto que nadie me toca a Atotoxtli.
TOCHITZIN:        ¿No que nos la ibas a heredar?
IXTLIXOCHITL: Ni lo sueñen. Esa niña tiene dueño, guardián y verdugo. Atotoxtli está reservada para el futuro Señor de Texcoco, ¿entendido?.
ZIHUAC:              ¿Una última fumada?
IXTLIXOCHITL: Para el viaje.
ZIHUAC:               Pero nos veremos en la fiesta de la luna llena, ¿no?
IXTLIXOCHITL: (Conteniendo  el humo) ¿Alguna vez he faltado?  (Exhala) Tochitzin, salúdame a Tochcuaye cuando la veas.
TOCHITZIN:        ¿A Tochcuaye?
IXTLIXOCHITL: Dile que ojalá siga tan sensual y cariñosa como siempre.
TOCHITZIN:        ¿No se supone que no la conocías?
IXTLIXOCHITL: ¿Cómo crees que iba a dejar pasar un animalito como ese?
TOCHITZIN:        ¿Qué estás queriendo...?
IXTLIXOCHITL: ¿Tú qué crees?... Pero no es cierto. No te pongas pálido, Tochi.
TOCHITZIN:         Me estás vacilando.
ZIHUAC:               Eh, sí le interesa... sí  le interesa...

Entre todos le dan una pamba a Tochitzin, quien sólo se cubrela cabeza. 
Ixtlixochitl se va.

TOCHITZIN:          Es mentira, ¿verdad? Díganme que no es cierto. 
ZIHUAC:                Pregúntale a ella,Tochitzin. Pregúntale qué piensa de Ixtlixochitl…




29/4/10

Una de abogados



Hace algunos años, mientras trabajaba para la administración pública, enfrenté un caso que me obligó a contratar los servicios de un abogado.  
Acababa de ser nombrado director de una dependencia y, como cualquier profesional que en México  llega a ocupar un cargo público (…), elaboré un diagnóstico de funcionamiento del lugar y formulé una serie de cambios para mejorar el desempeño y optimizar los recursos. Desde mi punto de vista, los resultados se mostraron en muy corto plazo.
Sin embargo, al realizarse meses después la primera auditoría pública salieron a flote algunos aspectos que, a decir de los contralores, suponían un manejo inadecuado  heredado de administraciones anteriores.
Confiado en mi diagnóstico y en la subsecuente reestructuración de la dependencia, colaboraré con la auditoría exponiendo mis consideraciones y ponderando  la eficacia de los cambios que había implementado, algunos de los cuales –explicaba yo– han significado ahorros importantes para la dependencia.
Pero cada uno entiende los problemas a su manera, y donde yo vi una reingeniería eficaz, ellos vieron falta de denuncia, lo que en términos de la Ley de los Servidores Públicos constituye un mal desempeño como funcionario.
A pesar de no ser un estudioso de la ley yo me sentía tranquilo porque, a mi entender, la denuncia es resultado de la sospecha de un delito, y yo nunca tuve sospechas de nada; si acaso reconocía poco rigor en el control previo,  no tenía elementos para intuir otra cosa. Sin embargo, cuando de pronto mis declaraciones comenzaron a ser usadas en mi contra  sugiriendo algún nivel de complicidad, alguien me sugirió que me callara la boca y que mejor contratara a un abogado. El consejo incluía los datos de un pequeño despacho que se especializaba en asuntos del servicio público.
Cuando llegué a ese oscuro departamento de la colonia doctores, a sólo unas calles de los juzgados federales, estaba indignado y un poco asustado; no podía creer que, en el mejor momento de la dependencia por mí encabezada, y con el mayor reconocimiento público, tuviera yo que aclarar cosas con la justicia. Así se lo hice saber al abogado gordo y engomado a quien vi como un primer espárring con quien ejercitar la exposición de mi inocencia.
Pero el abogado no pareció escuchar ninguno de mis argumentos y en cambio me propuso la ruta más eficaz para impedir que se me aplicara una sanción adminstrativa y económica, como había determinado la contraloría interna de la institución. Desde su punto de vista, lo mejor era abrir un juicio de amparo centrado en aspectos de procedimiento, lo que desembocaría en la anulación de la sentencia. Si la estrategia prosperaba en la primera instancia muy pronto estaría yo despreocupado del asunto; en caso de que se rechazara el amparo podríamos seguir dos o tres etapas de amparo más antes de pedir la nulidad definitiva del proceso, lo que ciertamente sería un proceso más largo.
–      La normatividad del Estado está tan mal fundamentada –me explicó con diáfana lucidez el abogado–; que pierden 9 de cada 10 casos por vicios en el procedimiento.
Yo estaba por la opción de demostrar categóricamente mi inocencia y continué acumulando pruebas para mi exonerarción, aún a sabiendas de que tarde o temprano chocaría con la estrategia de un abogado que no consideraba la presentación de  pruebas o atenuantes, sino la nulidad absoluta del proceso.  El día del choque llegó, lo hablamos  y llegamos a la conclusión de que si yo insistía en presentar mis argumentos Contraloría sentenciaría omisión de denuncia. Entonces desistí de mi idea y me puse en sus manos.
Como era de esperarse, tratándose de la justicia en México, el caso no se resolvió en el corto plazo y  tuvieron que pasar cerca de tres años para que se emitiera una sentencia definitiva. En ese periodo sufrí en mi casa la reiterada visita de Hacienda, que necesitaba inventariar los bienes que me embargaría en caso de no pagar la presumible sentencia condenatoria.  En todas las visitas, mientras los pobres emisarios levantaban el inventario, yo me desahogaba con ellos insultándolos como si fuesen los autores intelectuales de la arbitraria acción.
La sentencia fue en mi contra. 

Cuando el juez emitió la sanción yo ya no trabajaba en esa dependencia y me había mudado de casa, por lo que nunca fui notificado del resolutivo, ni por parte de mi abogado –quien nunca me buscó–, ni por Hacienda, a la postre el brazo ejecutor de la sentencia.
De hecho me olvidé completamente del asunto. Lo supuse un caso cerrado, pensé que en alguna farragosa instancia de apelación se había esfumado la denuncia.
Pero hace una semana llegó a mi antiguo domicilio un empleado de Hacienda, con una notificación de embargo. Un ex vecino les informó que yo ya no vivía allí y aseguró desconocer mi paradero, aunque pocos minutos después me habló por teléfono para advertirme del suceso. Un buen amigo mexicano.
Alarmado por la noticia, que representaba un fracaso absoluto en la estrategia de mi abogado, tardé más de una semana en contactar a una de sus asistentes, la encargada de las diligencias; lo deduje porque casi sin pensarlo me confirmó que tres años atrás la corte había determinado la improcedencia del amparo y la ratificación de la sentencia.
– ¿Y por qué no me lo dijeron? –pregunté–  ¿No decían que era prácticamente infalible? ¿Qué hago ahora? ¿Estoy condenado a pagar un supuesto quebranto que ni existe ni cometí?
– No se preocupe –me dijo–, lo único que tiene que hacer es esperar. La sentencia prescribe en un lapso de tres a cinco años (según la gravedad), y en su caso ya llevamos más de tres.
– ¡¿Esperar?! –reaccioné irritado– ¿Esperar qué? ¡Si Hacienda me está buscando! Y las instancias de apelación ya se acabaron. Para decirlo en sus propios términos: ¡es cosa juzgada! ¿No debería presentarme y decir que acato la sentencia y, en todo caso, pedir una financiación de la deuda?
– De ninguna manera–, atajó la pasante–. ¿Sabe cuántos casos de este tipo llegan al límite de tiempo? Hacienda ha visto que el tiempo se agota, así que mandó una diligencia para cumplir con la norma, pero la lentitud con la que actúa es tal que dudo que den con su nueva dirección antes que fenezca el plazo.
– ¿Y si me encuentran?
–  Si de casualidad alguien llega a su domicilio –me ordenó–, simplemente dé instrucciones para que digan que usted no vive allí. Ellos no pueden proceder con el embargo en su ausencia. Así es como esperaremos a que el plazo prescriba.
–  ¿Y cómo me garantiza que no va a pasar nada?
–   No se lo puedo garantizar.
Más perplejo que antes, colgué el teléfono y me quedé pensando en las estrategias tan peculiares de los abogados. Si el objeto es liberarme del pago de una sanción y para ello debo esperar más de un año con la esperanza de que la sanción muera de inanición, ¿no estoy pagando un precio más alto a través de mi intranquilidad y la de mi familia?
Por otro lado, y a pesar del respeto que le debo a las leyes mexicanas (…), mi conciencia respalda la decisión de no pagar por una falta que nunca cometí. Pude tener errores o faltar a las normas, pero nunca fui responsable ni cómplice de algún quebranto económico en contra de la institución. Si la angustia y la incomodidad exacerbada  a lo largo de este proceso que ya alcanza siete años cuenta algo, para mí ya ha habido suficiente expiación.
Ese es mi propio veredicto.

Lo cierto es que no soy un prófugo de la justicia mientras no sea notificado oficialmente de ninguna resolución, así que, damas y caballeros, el único procedimiento que se me ocurre es el siguiente: doy acuse público de la sentencia, pero me niego a tomar la iniciativa para que la sanción se cumpla. Si Hacienda me encuentra cumpliré la sanción bajo protesta, y si Hacienda nunca toca a mi puerta  pensaré que existe la justicia divina.
Lo peor de todo es que si el la sentencia realmente prescribe, mi abogado podrá decir que su estrategia dio resultado y que me ha librado de pagar la sanción correspondiente.
Y yo quedaré convencido que los abogados siempre piensan –o bueno, creen– que lo importante es el resultado final, aunque eso implique llevarse a las personas entre las patas.


27/4/10

¿Café o Té?, he ahí el dilema.

No había entendido el origen de la disyuntiva, pero como metáfora funciona. Lo que antes fue el dilema cocacola-pepsicola –que otros han querido revivir en el absurdo McDonals contra Burguer King–, hoy en día es un problema político.
     Sabemos todos que en Estados Unidos ha surgido como un movimiento simbólico el llamado Partido del Té, una escición del Partido Libertario que en las elecciones federales de 2008 obtuvo 2 mil votos y a pesar de eso se ha adueñado de la agenda política estadunidense. Algunos dicen que tiene financiamiento de empresas y organizaciones identificadas con la derecha neo evangelista, pero su filiación ideológica tiene aristas dignas de revisarse. El principal objetivo del movimiento es impedir el crecimiento del Estado; a la manera de los anarcocapitalistas, su filosofía advierte que es el Estado el principal enemigo de las libertades humanas. Por otro lado, sin embargo, el Partido del Té aboga por el retiro de todas las tropas norteamericanas en el mundo, una reivindicación generalmente identificada con la izquierda y los pacifistas.
     Con todo y sus breves antecedentes, el Partido del Té ha tenido la virtud de aglutinar a los antiobamistas de todo el país, lo que definitivamente se traduce –en las nomenclaturas actuales– como una iniciativa para beneficiar al Partido Republicano. La reivinidcación final es “recuperar América”, aunque se haga a través de las más recalcitrantes iniciativas, como la que actualmente ha puesto a Arizona en el horizonte. No tengo datos sobre el poder de convocatoria real de este partido, pero lo indudable es que para bien y para mal está en boca de todos.
     Tanto es así que en algún lado ha comenzado la reacción; déjenme echar un clavado en internet y les cuento… Ya está. Apenas fue en enero de este año cuando se fundó el Partido del Café,  curiosamente a través de Facebook (algún día tendríamos que hablar de su dilema con el twitter), y en menos de un mes cien mil afiliados se manifestaron por la defensa del Estado como expresión de la voluntad colectiva. No faltará quien afirme que este número no es impresionante frente a los fans que pueden alcanzar otras aplicaciones menos relevantes, pero constituye apenas uno de los primeros movimientos de realineamiento ante los nuevos frentes de expresión política. El asunto apenas está dando de qué hablar.
     Yo por lo pronto comienzo preguntando-me con qué bebida nos identificamos actualmente, y en mi caso al menos será con el café. Es por adicción, por supuesto, llegué a ser un aceptable bebedor de te, pero hoy no puedo saltarme una taza de café. ¿Será el aroma? En el terreno ideológico la respuesta parece doblemente obvia y, sin embargo, siempre pienso que debe haber una tercera vía:
     Proponemos el Partido del Chocolate.

21/4/10

Teatro e identidad en México

1. Abordar el tema de la identidad en el teatro mexicano nos lleva a preguntar qué define a un teatro nacional y, en el intento de respuesta, perdernos en el discurso ideológico. “La nación y los nacionalismos –escribe José Ramón Enríquez– son conceptos de la modernidad que se han sabido vender muy bien (…) al grado de hacer que países premodernos se lancen a la búsqueda, muchas veces salvaje, de su imposible ser nacional” eclipsando con ello la defensa de los derechos individuales y de los grupos minoritarios. Meternos en dicha discusión puede redundar en un juego de generalizaciones que postergaría la indagación de fenómenos particulares que son, a fin de cuentas, los que propician las experiencias vitales y transformadoras. Pero, por otro lado, comprendemos que los teatros nacionales o regionales constituyen demarcaciones simbólicas para entender actitudes y posturas que marchan a contracorriente del fenómeno globalizador, o bien para descubrir la apropiación de hábitos y discursos propios del mundo contemporáneo, por no hablar de su función más esencial como simple espejo del comportamiento humano.
     En cualquier caso estamos frente al dilema de hablar de la identidad del teatro mexicano sin tener la capacidad de respondernos sobre la del México actual. En las últimas dos décadas se ha iniciado en nuestro país un lento proceso de transformación que sin duda está modificando nuestros valores culturales; no obstante, son tantas las puertas abiertas en este proceso, y tantas otras las que faltan por abrirse, que hoy resulta azaroso identificar un ser nacional que no sea faccioso e inmediatista. “Qué decir de la bien intencionada idea de proporcionar a los alemanes un teatro nacional –manifiesta Lessing en 1768-, cuando los alemanes no somos todavía una nación? Y no hablo de la constitución política, sino sencillamente del carácter moral”. En los mismos términos se expresa Usigli a mediados del siglo pasado cuando sentencia que “para que México siga al teatro en su estado de cristalización definitiva, el teatro necesita primeramente seguir a México en su evolución”. Si seguimos ambos pensamientos tendríamos que entender primero el sentido de lo nacional, y desentrañarlo tanto en su aspecto moral como en el de sus acuerdos de convivencia, conceptos ambos que están muy lejos de constituir hoy en día concensos definitivos en nuestro país.

2/4/10

Los Justos


Tenían menos de un año de haberse conocido a través de internet –ella todavía menor de edad–, cuando se tomaron esta foto que ha dado la vuelta al mundo: amor e independencia en Daguestán podría rezar el cartel y yo lo compraría. Aunque la historia cambia en un instante: Umalat murió durante un operativo ruso en Kizlia, el último día de 2009, y Dzhennet apenas la semana pasada al inmolarse  en el metro de Moscú con un saldo de hasta el momento 40 muertos.  
     Las fotos son "recordatorios de la muerte e invitaciones al sentimentalismo", dice Marisol Romo interpretando a Susan Sontag (valga la paráfrasis), y ésta que tenemos enfrente hace justicia al concepto. ¿Héroes o villanos? La respuesta es menos simple, para variar. No hace más de un año que un debate en internet  se recrudeció hasta niveles poco aceptables después que uno de los participantes presentó una foto de significado ambivalente; era la imagen de unos esqueléticos niños judíos en un campo de concentración que, al ser presentada en el contexto de los bombardeos israelíes a Gaza, suscitó toda clase de reacciones. ¿La crítica de aquella imagen hacía suponer que se estaba poniendo en tela de juicio el holocausto, como algunos llegaron a sugerir?; no, lo que hacía cuestionable lo incuestionable era la lectura equívoca que producía en el contexto de los bombardeos. 
      En el caso de Dzhennet y Umalat la foto se publica con intenciones informativas, queremos suponer, pero  resulta imposible no derivar en la interpretación: una imagen tan romántica en el contexto de un atentado suicida producirá un efecto inversamente proporcional al que hubiesen soñado las fuerzas del orden; hay tanto espíritu en esta foto que uno no puede pensar que los chicos estén cien por ciento equivocados.  Si el pie de foto dice, además, que ella forma parte de las Viudas negras un grupo formado por las mujeres de los  guerrilleros caídos en la lucha contra los rusos–, el asunto toma otra dimensión. La pregunta es: ¿pulveriza o refuerza esta imagen la campaña que pretende condenar toda forma de acción terrorista? O dicho de otra manera, ¿estamos aquí haciendo una apología del crimen como vociferan los gobiernos tan vigilantes de la ley? Chi lo sa. 
     Lo único que me queda claro es que esta foto circulando por el mundo conseguirá más adeptos que un millón de panfletos. 

24/3/10

Karina Gidi

Como prácticamente todos, me rindo a la fascinación de Incendios, el último montaje de Hugo Arrevillaga, muy particularmente a la interpretación de Karina Gidi, cuyo registro emotivo sorprende doblemente por basarse en la contención y la sutileza. Pocas veces en el teatro contemporáneo podremos participar de una catarsis colectiva tan elocuente como ésta, pese a que la obra no responde al canon trágico que algunos sugieren cuando hablan del mito edípico; a mi parecer se trataría de una reivindicación del melodrama a partir de Yocasta, magistralmente urdida por Wajdi Mouawad y así entendida por la compañía Tapioca Inn. Pero no es mi intención colgarle adjetivos a una puesta que me ha conmovido tanto como al que más; la traigo a cuento porque de tiempo atrás tenía la idea de rendir un tributo personal a las actrices que he visto crecer conmigo y quienes a mi juicio constituyen un parámetro de las posibilidades histriónicas de nuestro teatro.

1/3/10

Monumento a la madre y otros paisajes urbanos



     Espacio tipo pasarela.
     De un lado el hombre de los 400 pueblos.
     Del otro, el tráfico.
     En medio, la Madre.

MADRE:
Oye, chulita… ¿me oyes?… Es que hay como estática… Sí, es que no te oigo bien… pero mira, dejé la carne descongelándose, ¿ya la viste?, para que hagas unas hamburguesas. Rodirgo lleva un amiguito de la escuela, así que haz varias… ¿No me hablaron? Iban a hablar del taller. Bueno, si llaman diles que yo creo que paso hasta mañana… No me va a dar tiempo, está imposible el tráfico. O que si pueden pasar a dejarlo y yo les pago mañana. También. Pero bueno… Dile a Rodirgo que cualquier cosa que saque la tiene que volver a guardar…; no, deja un tiradero; parece zona de guerra su cuarto, y ni siquiera; ahí por lo menos recogen los cadáveres, pero el cuarto de Rodirgo huele… A ver si abres las ventanas y que se airee un poco, ¿si?… Bueno, si hace falta algo dejé dinero en el cajoncito, ya sabes dónde; pero sólo si hace falta, yo mañana voy al súper… Bueno, cualquier cosa me llamas, ¿si?… ¿Qué cosa?… No, ¿dijo que iba a pasar?… ¿Habló y te dijo?… Bueno, si llega a ir dile que yo traigo los papeles, que si quiere se los paso a dejar, pero hasta que tenga el coche… Bueno, ni modo, me hubiera hablado al celular… En esos casos diles que me llamen a mí… Ni modo. Entonces no se te olvide tener las hamburguesas antes de que lleguen, porque a las cinco los va a recoger la mamá… Bueno, cualquier cosa me llamas. Ciao.

     Cuelga. Marca de su directorio.

¿Qué pasó, dónde andas?… ¿Dónde?… Uh, te vas a tardar un chorro… No, yo ya estoy aquí… Sí, sí había tráfico, pero se metió por acá atrás, por Río Lerma… Bueno, no importa, ya qué… Y ni siquiera hay una sombra… ¿En el hotel?… Sí, tú, para que se me queden mirando todos los botones… cómo que… una mujer con lentes oscuros –y de no mal ver–, entrando sola… ¿Qué diferencia?… ¿Cómo que…? Ay, bueno, no importa. Mejor te espero aquí, pero métele, ¿si?… ¿Un café?… No veo nada parecido… No, no importa, aquí me espero viendo el paisaje… Pero no te tardes… Adiosito…

     Cuelga. Marca de su directorio.

Oye, chulita, se me olvidó; había quedado de ayudarle a Perla a organizar lo de su venta de garage, pero no voy a poder; ¿le hablas y le dices que me salió una chamba? No le quiero hablar yo porque me va a tener media hora al teléfono; dile que yo le hablo en la noche… Bueno,… ¿Qué? ¿Habló? ¿Ahorita?… O sea, ahorita… ¿Y qué te dijo?… ¿Y qué le dijiste tú?… ¿A dónde?… ¿Segura?… Bueno, yo le llamo ahorita, pero si te vuelve a llamar dile que igual sigues sin saber nada… No va a hablar, yo ahorita hablo con él, pero por si hablara… Sale, pues. Ciao.

     Cuelga. Marca de su directorio.
     Rodirgo y su amigo sacan de un costal cien coches miniatura 
     y los ponen en el suelo.

Hola, mi amor. ¿Cómo te fue en tu junta?… ¿Ajá?… Bueno, las haces y ya… Pero lo aceptaron, ¿no?… Bueno, ya está… Oye… ¿Dónde?… Acá por el centro… Vine a ver lo de las escrituras, pero ahora resulta que el de la notaría habló y que pasaba por los papeles, pero yo los traigo… Pues ni modo… Oye, apenas estoy saliendo de la notaría y Perla me pidió que la ayudara en lo de su Venta de garage… Así que me voy a quedar por acá… Sí, como no traigo coche… No, regreso temprano. También por eso voy de una vez… Bueno. Nos vemos a la noche, ¿no?… ¿Qué? ¿Yo lo pregunté?… No, pues; nos vemos a la noche… ¿Así está mejor?… Bueno, ciao bye besos.

     Cuelga. Marca de su directorio.
     El hombre de los 400 pueblos muestra una pancarta 
     con alguna de sus demandas:

     “NOS MANIFESTAMOS PORQUE LA SECRETARÍA DE GOBERNACIÓN NO HONRA NI SU PALABRA NI SU FIRMA SOLUCIONANDO EL REZAGO AGRARIO”

¿Qué onda, ya mero?… ¿Por dónde?… ¿Pues qué vienes cargando el coche o qué?… No es cierto. Ya pasaron mucho más de cinco minutos… No sé, diez, doce… Pero según tú ya estabas acá a la vuelta… Bueno, pues, pero ya apúrate… Déjalo ahí y vente caminando, yo creo que llegarías antes… Sale pues me está entrando una llamada. Besos.

     Teclea para recibir llamada.

¿Sí?… ¿quién?… Ah, licenciado, sí, cómo está… Ajá, pero ¿ya está en mi casa o apenas va para allá?… No, que si ya va para allá, para que no vaya… Es que yo traigo los papeles… Sí, pero como no me llamó anoche, y yo me salí temprano, pensé en pasar a dejárselos, pero el coche no estuvo listo y todo se complicó, ya sabe… Si, el caso es que me los traje a pasear… Se los paso mañana, o pase mañana… ¿Unas copias?… No, no le he sacado… Pero mañana temprano… ¿De verdad es tan urgente?… Qué pasa si… Ya, bueno, ni modo, si tenemos que esperar otro mes… No, es que no me da tiempo… Bueno, ¿sabe qué?… Este es su celular, ¿verdad?, le hablo ahorita para ver a qué hora me desocupo, ¿sale?… Déme cinco minutos. Bueno, hasta ahora.

     Cuelga. Marca de su directorio. 

Oye…, no, ya se que no han pasado ni dos minutos, pero es otra cosa, y no me puedo esperar porque tengo que regresar una llamada. Así que dime a qué hora tienes que estar tú en tu chamba… No, no tengo prisa, pero es que estoy viendo a qué hora voy a dejar unos papeles… ¿A qué hora?… ¿Seguro?… No, no digas que depende de mí… Ah, bueno, si te refieres a eso, déjame pensarlo, pero conforme más te tardas más se me van las ganas… Si, no sabes, ahorita lo que más se me antoja es agarrar a alguien a patadas; eso sí me liberaría las tensiones… Así que la que se tiene que aplicar no soy yo… Bueno, acá vemos quién es quién… ¿Qué onda, ya?… Ajá…
  
     Cuelga. Marca de su directorio.
     El hombre de los 400 pueblos intercambia la pancarta 
     mostrando otra de sus demandas: 

“PRIMERO LOS POBRES… COMO DANTE DELGADO”

Sí, licenciado… No, definitivamente no puedo hoy… ¿Qué?… No, ¿dónde, con quién se los dejo?… No, yo voy a estar en una reunión de la que no me puedo salir para entregar unos papeles… No, de verdad… Sí, ya sé que vamos a perder un mes, pero qué le hacemos… Si la clienta soy yo, oiga… No hay problema… Bueno, esa vez se lo dije porque el asunto se estaba durmiendo, pero ya no se lo he vuelto a decir… Bueno, no importa; ¿a qué hora dice que cierran?… Ok, entonces si puedo le llamo para pasar, aunque sea en taxi, o le pido a alguien que me lleve… Ya si no le llamo pues lo dejamos para el próximo mes, ¿de acuerdo?… Bueno, entonces yo le llamo. Sí, bye.

     Cuelga. Por un momento se queda contemplando a la calle.
     Rodirgo y su amigo han alineado todos los autos en una sola 
     dirección, como formando una  carretera de ocho carriles.
     Suena el teléfono. Tarda en contestar.

¿Qué pasó, mi amor?… No, aquí en el tráfico… Sí, está imposible… ¿Qué?… ¿Cuándo?… ¿¡hoy!?… ¿Y por qué me lo dices hasta ahorita?… No, es que no la voy a hacer. Ya quedé con Perla… Si me lo hubieras dicho antes… ¿Y cancelarle?… No, qué mala onda… Además, imagínate, andar en la calle con este sol, para llegar a la casa a cambiarme y volver a salir?… ¿Se va a ver muy feo si no voy?, porque tú vas a ir aunque yo no quiera, ¿verdad?… No, no me molesta, ya lo sabes…, pero nada de andar revoloteando por donde no… ¿Quién va a ir?… ¿de la oficina nada más?… Ah, no, entonces mejor ve tú solo… No creo que me extrañen mucho… nomás no le des entre a la lagartona aquella, ¿eh?… Ay, sí, no te conoceré… Bueno, ya, ya… ¿Entonces llegas a las mil?… No, no llegues muy tarde… Sí, bueno… no, está con la muchacha, invitó a un amiguito, pero la mamá pasa por ellos para llevarlos no sé a dónde… Sí, no hay problema, yo creo que llego antes que regrese… Sale, pues, ciao bye besos.

     Cuelga. Marca de su directorio.

Oye, chulita, ¿sabes qué?… No le has hablado a Perla, ¿verdad?… ¿Sí?… ¿Y qué le dijiste?… Pues sí, ¿verdad?… Bueno, es que a lo mejor sí la veo, pero yo le hablo… Si vuelve a hablar el señor le puedes decir que me fui con Perla, ¿sale? Que siempre sí. Bueno, ciao.

     Cuelga. Marca de su directorio.

Qué ondas, Perlita… No, hija de mi alma, no es mala onda, es que estoy en medio de un trance… No, no, nada de vida o muerte, pero precisamente quería pedirte el favor… Je je, pues tibio tibio… Oye, no, es que eres mi coartada… Sí, en serio… No, nada, sólo que si de casualidad llegara a hablar para buscarme, o si otro día te lo encuentras, yo estuve ayudándote… Oh, bueno, hija, entiéndeme… Pero mañana te ayudo haciendo algo en mi casa. Si quieres te preparo algo de comer… Bueno, por cualquier cosa te hablo en la noche… ¿Perdón?… ¿Qué…? Ah, no, no… Luego te cuento… No, no lo conoces… Mmm, de esta boca no saldrá información… Luego te cuento… De verdad, luego… Ay, bueno, entonces ya sabes, ¿eh?… Me canso de ayudarte… Besitos.

     Cuelga. Marca de su directorio.

¿Qué pasa, mi rey?… ¿Así acostumbras hacerlas esperar?… Yo nomás digo. Estoy tan desesperada que en una de esas me consigo alguien por aquí, ¿eh?… Sí, por aquí, si vieras, hay toda clase de gente, para todos los gustos, de veras… Mm, ahora mismo estoy viendo a un muchacho de buenos bigotes, más joven que tú para empezar, y más alto… Ah, no sé, no le voy a preguntar, ¿verdad?… ¿Ah, sí, quieres que le pregunte? ¿Y si me dice que lo hace como dios padre tú pagas el hotel?… Ay, sí… Bueno, ¿entonces dónde estás?… ¿Todavía no?… Pues qué paso, se cayó una avioneta o qué… Es que por más que vengas a vuelta de rueda. Bueno, pues, ahorita nos vemos… Sí, yo también… Baboso.

     Cuelga.
     Mira un momento a su alrededor, mira a la gente. 
     Trata de identificar entre los presentes a un hombre 
     con quien se animaría a entrar a un hotel.
     El hombre de los 400 pueblos muestra otra pancarta 
     con una nueva demanda: 

“UN POLÍTICO CORRUPTO Y REPRESOR JAMÁS ESTARÁ PRESO; 
AHÍ ESTÁ EL CASO DEL SENADOR DANTE DELGADO”

     Los cochecitos van avanzando en bloque.
     Suena el teléfono.

¿Sí?… ¿Quién es?… No, está equivocado… No, no es… No sé, ¿yo cómo voy a saberlo?… Este número siempre ha sido mío, hasta donde yo sé… ¿Qué? Lo siento, número equivocado…

     Cuelga. Marca de su directorio.

Oye, chulita, ¿ya llegó Rodirgo?… Pásamelo… ¿Qué?… Dile que le voy a decir una cosa… ¿Qué está ocupado?, ¿qué están haciendo?… ¡Jugando!, ¿y por eso no puede contestarme?, dile que me conteste en este momento… ¿Qué?… Bueno, va a ver cuando regrese… Mentao chamaco, que se coma la ensalada y que no vaya a agarrar mi ipod… si se enoja dile que el otro día me la dejó toda cochina. Quién sabe dónde mete las manos ese niño… Y ya dales de comer porque la mamá va a ir en un rato, ¿sí?… ¿qué?… Sí, empanizadas… O no, como ellos las quieran… Pero, ¿todavía no las preparas?… Te dije que las tuvieras listas para cuando llegaran, porque si llegan y no está la comida se ponen a jugar y a ver después quién los saca de ahí… Dile que se siente a la mesa y que se pongan a comer ya. Sírveles la sopa mientras preparas las hamburguesas… Ay, bueno, hazle como puedas, ¿sí? Ciao…

     Cuelga.
     La columna de cochecitos sigue avanzando y comienza 
     a desplazarla del centro hacia 
     el hombre de los 400 pueblos, al que no ha visto.
     Suena el teléfono.

¿Y ahora qué?… ¿Dónde?…

     Levanta la vista buscando algo.
No, no veo…

     Mira en dirección del hombre de los 400 pueblos, 
     pero su mirada no se posa en ellos; 
     ve a través de ellos. Levanta la mano y saluda.

Sí, ya te estoy viendo… ¡Vaya!… Mira, allá en la esquina está el estacionamiento… No, aquí te espero, en lo que cruzo y me subo, mejor apúrate y mételo ahí… Ándale que se me va a hacer de noche… y algunos van a pensar otra cosa… oh, ¿no te digo?… Entonces te voy a cobrar… y cobro caro… De todo… Tú nomás pide… Pero ya apúrate que ya estoy… Ándale…

     Cuelga y sigue mirando un objetivo móvil.
     Cuando ese objetivo parece haber desaparecido 
     descubre que los cochecitos ya casi le dan alcance.
     Suena nuevamente el teléfono.

¿Sí?… ¿Buenas tardes?… ¿Quién…? Ah, sí, cómo está, señor… No, no estoy en mi casa, ¿qué pasa, ya me tiene mi coche?… ¿Qué cosa?… ¿Y entonces?… ¿Qué?… No, pero si me dijo que sólo era un problema eléctrico y que iba a cambiar no sé qué cosa… No, no, no, pero si no tenía nada de eso… No, yo no sé si sonaba o no el motor… ¿Yo cómo voy a saber la diferencia entre la biela y el cigüeñal? Yo no sé nada de eso, por eso se lo llevo a usted… Sí, ya sé que está tratando de explicarme, pero no le pedí que me explicara; no necesito saberlo… ¿Qué?… ¿desvielado?… ¿y eso qué quiere decir?… Ya le dije que no entiendo, pero no tenía nada de eso, usted me dijo que nada más le iba a cambiar el aceite y ahora me sale con que se tronó la mitad del motor… Oiga, no, yo no tengo por qué saber cómo funcionan las cosas, lo que yo necesito es que funcionen… Escúcheme…, escúcheme, por favor; si yo necesitara saber cómo funcionan todas las cosas en el mundo, imagínese… ahora sólo falta que tenga que saber cómo funciona mi refrigerador, si no no puedo usarlo… Usted debería hablarme para decirme cuándo me lo regresa y cuanto le debo, punto; sin salirme con cosas que no tenía… Ah, yo no sé, pero aparte de que me va a dejar sin coche como diez días me lo quiere cobrar como si fuera nuevo… ¿Pero usted qué se cree? No, no le voy a pagar eso y lo voy a denunciar por abusador… sí, eso es lo que…, ¿sabe cuánto tiempo llevo con ese coche y nunca le ha pasado nada?… ¡Ah!, y ahora me dice que por eso… Oiga, no; ¿sabe qué? Póngalo en una grúa y me lo lleva a mi casa… ¿Desarmado? No, como estaba, exactamente como estaba; lo voy a llevar a la agencia, y si me dicen que alguien le metió mano y que de pronto le pasó algo yo lo demando, ¿eh?… ¿De qué nos vio cara?… No, no me grite, yo no le estoy gritando… Pero oiga, me está dejando sin coche, no me puede hacer eso ahora, en esta pinche ciudad, ¿qué no la conoce?… me está cortando las piernas, fíjese, me las está cortando… Pero a ver si le dice eso a mi marido… Si, yo ahorita le digo que lo vaya a ver, a ver si le dice lo mismo… sí, gracias por nada, ¿eh?

     Cuelga.
     El hombre de los 400 pueblos muestra una nueva pancarta 
     con otra de sus demandas:

“PREFERIMOS LA CORRUPCIÓN DEL GOBIERO DEL DF QUE 
LA INSENSIBILIDAD DEL PAN”

     Ella permanece alterada, con el rostro demudado 
     por el coraje que acaba de hacer. 
     Por más que lo intenta no logra recuperar inmediatamente 
     su gesto tranquilo de antes. 
     De pronto, descubre por primera vez al manifestante. 
     Parece alguien salido de la nada, parte del paisaje, 
     por eso ella no lo veía. 
     Por eso ahora que lo descubre siente por primera vez 
     que no entiende el mundo que habita.
     Petrificada, lo contempla en silencio por segundos, 
     tal vez minutos. 
     ¿Él la mira? 
     No lo sabemos; lo más probable es que sí; 
     pero no es él, sino su cartel el que habla. 
     ¿Qué le dicen esas frases a ella? 
     ¿Sabe ella quién es Dante Delgado? 
     ¿Alguien sabe quién es Dante Delgado?
     En algún momento ella reacciona y trata de dar vuelta, 
     sólo para comprobar que está atrapada 
     entre el “tráfico” y el hombre de los 400 pueblos. 
     Los niños se han marchado y han dejado 
     todos los carritos regados.
     El amante aparece detrás de los cochecitos y comienza 
     a pasar por encima de ellos 
     como si fuese Godzila o Ultramán. Viene a rescatarla. 
     Al llegar junto a ella, se besan.

Ya no te quiero. ¿Sabes lo que me pudo pasar aquí sola?

     Y camina rumbo al hotel aplastando todo a su paso.


México DF, noviembre 2008
NOTICIA
Monumento a la Madre fue escrita para participar en un proyecto de teatro periodístico o “inmediato” que promovía El Milagro a fines del 2008. Tomé como noticia un suceso que había dejado de serlo y que, curiosamente, por esos días volvió a cobrar relevancia: el plantón de los 400 pueblos en la Ciudad de México. Como habitante de esta metrópoli conviví cotidianamente con este plantón durante al menos un lustro, al grado de que dejó de sorprenderme el desfile de sus cuerpos semidesnudos por las glorietas de Reforma. Después de tan prolongada permanencia, y de tan ambigua protesta (pocos saben exactamente el trasfondo de sus demandas), la manifestación se había vuelto invisible para los transeúntes y automovilistas; si acaso seguía siendo foco de atención turística. Pero a fines de octubre del 2008 su situación volvió a la palestra con las declaraciones del jefe de la policía, quien afirmó que si por él fuera, los “sacaría a patadas” de la Ciudad. Después surgieron otras reacciones que no viene al caso reproducir. Lo que sí comento son las dos circunstancias que impedieron la escenificación de este ejercicio: en primer lugar, la cancelación del ciclo por falta de recursos, según argumento de los organizadores; y por otro, la posterior noticia, a fines del mes de noviembre, de que los 400 pueblos levantaban su plantón en acuerdo con las autoridades. ¿Habrán resuelto sus demandas?, me pregunto todavía. El caso es que la obrita fue concebida como teatro de actualidad y de un día para otro pasó a ser teatro histórico. 

6/2/10

El color del Cristal (2a parte)


Si tienen un poco de paciencia y llegan al final verán una curiosa celebración de fin de temporada, con todo y sacrificio de cristal.

5/2/10

El Color del Cristal (1a parte)


El texto de esta obra fue escrito entre el 17 y el 19 de septiembre de 1996 para ser llevado a escena mes y medio más tarde dentro de los ciclos de Laboratorio teatral organizados por la UNAM en el teatro Santa Catarina. Teniendo como base la noticia del asesinato del magistrado Abraham Polo Uscanga (caso paradójico en el que el principal sospechoso era el presidente de la Suprema Corte de Justicia), se elaboró una primera versión que después fue enriquecida con las ideas escénicas del resto del grupo. Se trataba de hacer un juicio lúdico al concepto de verdad tomando como premisas, por un lado, la instalación de José Miguel González Casanova titulada "Verdad-Mentira", así como los célebres versos de Canpoamor que precisamente dan título a esta obra: En este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira. 

EL COLOR DEL CRISTAL

Una creación colectiva de
EL LUGAR COMUN

se estrenó en noviembre de 1996 en el teatro Santa Catarina
con los siguientes créditos:

Texto: Luis Mario Moncada
Sonido: Héctor González Barbone
Coreografía: Rubi Tagle
Iluminación: Juliana Faesler
Producción: Claudia Romero
Concepción plástica: José Miguel González Casanova
Dirección: Iona Weissberg

Actor 1: Luis Artagnan
Actor 2: Julieta Ortiz
Actor 3: Juan Carlos Vives

Asistentes:
Viviana Aguirre
Hermes Damián
Ricardo Esquerra

Verdad-Mentira


Al hablar de El Color del Cristal comenté que la obra se basó en la instalación VERDAD-MENTIRA, de José Miguel González Casanova. Según entiendo, su pieza surgió a partir de un ejercicio intelectual que  consistió en buscar el sinónimo más cercano a la palabra "mentira", y así subsecuentemente hasta llegar, después de 64 sinónimos, a "verdad". Compruébenlo aquí mismo –o abran su propio diccionario– y llegarán a la conclusión de que "mentira" y "verdad" son sinónimos. También hay otras simetrías que se aprecian: a 15 palabras de "mentira" encontramos "ingenio", mientras que a 15 de "verdad" se encuentra "caos". Pero justo en medio, como un soporte rocoso, se encuentra "institución, y apenas a un lado –vigilante– la palabra "ley": la institución, vigilada por la ley, determina el equilibrio entre la verdad y la mentira. Esta es sólo una de las interpretaciones para este tablero de palabras. Particularmente me divierte encontrar que equidistantes 18 palabras de "verdad" y "mentira" se encuentran "imaginación" y "subversión"., y aún más, resulta que justo partiendo el tablero en cuatro cuartos están "gracia" y "confusión", y así...




Mentira - falsedad - superchería - estafa - fraude - simulación -simulacro - maniobra - manipulación - manejo - uso - utilidad - beneficio - bien - favor - gracia - donaire - ingenio - inteligencia - imaginación - idea - concepto - conocimiento - conciencia - alma - espíritu - principio - base - ley - estatuto - establecimiento - institución - creación - construcción - edificación - obra - trabajo - faena - ocupación - actividad - movimiento - cambio - vuelta - inversión - subversión - desorden - caos - confusión - bulla - ruido - alboroto - disturbio - contienda - cuestión - pregunta - duda - sospecha - suposición - fe - certidumbre - certeza - verdad.
Otro aspecto que apenas se observa al acercarnos en detalle es que cada palabra está hecha con tipos de imprenta unidos con chicle, lo que acentúa la relación subjetiva de la verdad y la mentira con el acto del habla.  

Lo que no me explica la obra es por qué las palabras están al revés. ¿Otra vuelta a la tuerca?

1/2/10

Actúa con los pies


Hubo un hombre que durante muchos años estudió el teatro Noh hasta que un día su maestro, reconociendo su esfuerzo, le dijo que merecía recibir las tradiciones ocultas de la actuación por lo que puso en sus manos una réplica del codiciado libro secreto del Noh. Lleno de alegría el estudiante agradeció a su maestro y corrió a buscar un lugar apartado donde leer el apreciado libro. Entonces abrió la cubierta. La primera página estaba en blanco. La siguiente página también, y así sucesivamente hasta llegar a la última hoja, que sólo contenía una pequeña frase: “Deposita tu fuerza en el dedo meñique”. El estudiante quedó perplejo; no entendía absolutamente nada. Sin embargo, luego recordó que un consejo similar se daba en las artes marciales. Después de reflexionar largo tiempo sobre la cuestión, incluso de discutirlo con su maestro y realizar innumerables ejercicios, el estudiante vislumbró que el arte de la actuación podía consistir en alejar la energía de la cabeza y comenzar a aprender con el cuerpo.
     Aunque El actor invisible es un libro sobre técnica actoral, resulta fundamentalmente un libro plagado de pequeñas historias, suerte de ilustraciones anecdóticas que impulsan al desmenuzamiento metódico de sus partes. A diferencia de lo que se proponía en Un actor a la deriva (El Milagro, 2003), un volumen iniciático que daba cuenta de la confrontación del actor formado en la tradición oriental con las experiencias del teatro europeo, en esta ocasión Yoshi Oida se concentra en el entrenamiento del actor, y al hacerlo nos devela algunos de los centenarios secretos del Noh, el kabuki y el kyogen.
     Resulta por demás curioso descubrir cómo la educación actoral propuesta por Oida comienza y termina por los pies (una conclusión a la que también llegó Antonio González Caballero con su método, aún más secreto y desconocido que el del teatro Noh). Por ello Oida cita un viejo dicho según el cual “la gente común y corriente respira por el pecho, el sabio por el hara o el abdomen y el adiestrado (actores y samurais) por los pies”. Tal vez no resulte novedoso adentrarse en algunos aspectos de la técnica oriental; desde la década del Setenta ha sido frecuente la aparición de estudios sobre las características del banraku, el teatro balinés y otras tradiciones centenarias; baste citar la extraordinaria Anatomía del  Actor de Barba (Escenología, 198?); lo que El actor invisible aporta a nuestra visión es la experiencia de un actor formado en aquella tradición que ha logrado aplicar sus enseñanzas en el teatro occidental, incluso en el cine y la televisión.
     Cinco son las lecciones propuestas por Yoshi Oida en este volumen: el entrenamiento cotidiano, el movimiento, la actuación, el acto del habla y el aprendizaje. Todas ellas parten de la construcción externa; de hecho el trabajo emotivo y psicológico ocupa un lugar marginal en estas notas, lo que resulta por demás saludable. En todo caso el maestro privilegia la progresión rítmica (el jo-ha-kyu), la cadencia, la respiración, el tiempo y la percepción del público como instrumentos para manipular las sensaciones que el personaje debe producir en la audiencia. Por momentos pareciera que Oida habla de trucos efectistas, como aquel donde sugiere la interrupción de la respiración en momentos sumamente dramáticos, pero tal como afirma Peter Brook en el prefacio, la ilusión que nos transmite Yoshi Oida no puede ser por arte de magia, tiene que ser “sólo por arte”.
     Para aquellos que, como yo, no somos muy afectos a los libros de actuación, habrá que decir que El actor invisible se lee con placer y asombro, pero sobre todo con la sensación de que uno está accediendo a un libro secreto en el que ha de develarse una verdad oculta. Y esa verdad sale a la luz, no en forma absoluta, por supuesto, sino críptica, bruta, como un material para trabajar y trabajar. No en balde se afirma que todos los libros y cursos son los mapas del pasado que otro ha recorrido; un mapa que ha de asimilarse, pero que no evitará al estudiante hacer el recorrido con sus propios pies.

Oida, Yoshi, El actor invisible, México, Ediciones El Milagro, 2005, 197 pp.