5/1/10

Regalos



Una semana antes fuimos a La Merced y enfrente del mercado encontramos una tienda de productos de importación que, según supimos después, vende a precios risibles mercancía que ha sido confiscada por la aduana del aeropuerto. El mecanismo mediante el cual llegan los productos a la tienda no pudimos averiguarlo, pero cualquiera puede suponer que obedece a una transacción no muy transparente.   En la tienda había gran variedad de latas de conservas, dulces, juguetes, vajillas y electrodomésticos de la más diversa procedencia: mermeladas francesas, maquillajes indoneses, machas chilenas. Entre otras cosas, compramos cuatro cajas de chocolate suizo, una para nosotros y las demás para regalar en el día del maestro que se celebraría cuatro días más tarde. En la casa envolvimos los tres paquetes de chocolate y escribimos en ellos los nombres de cada una de las maestras de nuestro hijo de tal forma que, el día señalado, éste entregó los respectivos regalos que al parecer arrancaron exagerados agradecimientos. El problema se presentó el domingo después de comer cuando se nos antojó probar el famoso chocolate suizo que  habíamos guardado para nosotros. Al sacar la enorme barra de la caja descubrimos que en su base tenía un cultivo de hongos sumamente desarrollado, lo que inmediatamente trajo a nuestra memoria las caras de las maestras de nuestro hijo con quienes, dicho sea de paso, no tenemos la mejor relación del mundo. Lo curioso es que en cuanto descubrimos la razón de los precios tan risibles de la tienda nos pareció natural que algo así le ocurriera a estos productos perecederos que, sin duda, habrían permanecido durante semanas o meses en alguna bodega húmeda. Nos preguntamos entonces qué debíamos hacer y de momento no nos pusimos de acuerdo. La acción más razonable era, desde luego, hablar por teléfono con las maestras y advertirles del problema; sugiriéndoles en todo caso que nos devolvieran los chocolates con la promesa de cambiar sus regalos a la brevedad. Sin embargo, existía la posibilidad de que alguna de las maestras ya hubiese descubierto el cultivo de hongos y lo hubiese comentado con sus otras compañeras, o peor aún, que se hubiesen comido el chocolate sin darse cuenta del peligro, lo que nos pondría, al avisarles, en una situación muy bochornosa. Por otro lado, pensamos, también existía la posibilidad de que el chocolate de las maestras no tuviera hongos y que el asunto pudiera pasar desapercibido. Aunque la posibilidad parecía remota, nos aferramos a esta idea para evitarnos la pena de hablarles y, por su parte, las maestras no nos han dicho nada hasta ahora. ¿Qué nos podrían decir?